El estratega en las sombras que redefinió el poder en Brasil

NewsITe
Durante la noche electoral del 4 de octubre en Brasil, las cámaras se enfocaron en Lula da Silva y en Flávio Bolsonaro. Sin embargo, el verdadero arquitecto del nuevo mapa de poder brasileño siguió fiel a su estilo: lejos de los focos. Valdemar Costa Neto, histórico operador político, evitó los escenarios y las conferencias de prensa, pero se consolidó como el hombre más poderoso de Brasilia.
Heredero del llamado Centrão —ese conjunto de partidos dispuestos a negociar gobernabilidad a cambio de cargos—, Costa Neto fue condenado en el escándalo del “mensalão”, sobrevivió políticamente y volvió a liderar el Partido Liberal (PL). La decisión clave llegó en noviembre de 2021, cuando abrió las puertas del PL a Jair Bolsonaro, entonces presidente sin partido y con dificultades para conseguir estructura. Esa jugada, incomprendida en su momento, terminó por transformar al PL en la principal fuerza de derecha del país.
Desde entonces, Costa Neto dejó de comportarse como un simple negociador y se movió como un estratega de largo plazo. Leyó que la elección no sería una disputa de programas, sino un plebiscito sobre la figura de Lula. Mientras el Partido de los Trabajadores apelaba a la memoria emotiva de sus gestiones y al Bolsa Família, el PL apostó a canalizar el voto de rechazo al actual presidente. El resultado fue contundente: Lula empeoró su desempeño en 25 de las 27 unidades de la Federación y perdió estados clave como Minas Gerais y Tocantins.
Otra ruptura con el manual del Centrão fue la construcción de listas con fuerte identidad ideológica. En lugar de priorizar caciques locales y financiamiento, el PL armó bancadas doctrinarias, cohesionadas y dispuestas a votar en bloque. La irrupción de figuras como Nikolas Ferreira —el diputado más votado del país, con más de tres millones de votos en Minas Gerais— mostró la capacidad del bolsonarismo de movilizar a un electorado joven y activo en redes, más allá de la nostalgia por el gobierno de Bolsonaro.
Un poder que trasciende al próximo presidente
La apuesta más arriesgada de Costa Neto fue romper con las tradicionales coligaciones del Centrão. Renunció a la red de siglas que él mismo había tejido durante décadas y entró a la contienda sin el clásico colchón de aliados. A cambio, logró que cada voto quedara dentro del PL, evitando ceder cargos, espacios en listas y compromisos programáticos que diluyeran el mensaje.
La ingeniería electoral fue precisa: candidaturas “tractor” con alta votación individual para elevar el cociente, acuerdos territoriales en estados clave y la presencia de la familia Bolsonaro como motor de arrastre en varios distritos. El resultado fue histórico: 121 diputados federales —la primera vez desde 1998 que un partido supera las cien bancas—, 28 senadores (un tercio de la Cámara Alta) y 212 diputados estaduales. El bloque de derecha que encabeza alcanza 49 senadores, exactamente los tres quintos necesarios para aprobar una enmienda constitucional.
Ese es el núcleo de su poder. Con 28 senadores, el PL no gobierna el país, pero sí puede definir quién preside el Senado, quién controla la Comisión de Constitución y Justicia y qué temas llegan al recinto. En la mesa de negociación se acumulan expedientes sensibles: pedidos de impeachment contra jueces de la Corte, posibles amnistías para los condenados por los hechos del 8 de enero y la aprobación de futuros ministros del máximo tribunal.
- Si Flávio Bolsonaro gana el balotaje, Costa Neto será el jefe del partido del presidente y el principal articulador legislativo.
- Si Lula retiene el poder, el PL comandará una oposición con capacidad de bloqueo constitucional y fuerte influencia sobre la agenda del Senado.
Valdemar Costa Neto no gobierna ni gobernará, pero se sienta en la mesa donde se decide casi todo el poder brasileño.
En un Brasil donde el Congreso maneja más recursos discrecionales que el propio Ejecutivo, el líder del partido con la bancada más numerosa se convierte en interlocutor ineludible para gobiernos extranjeros, inversores y organismos internacionales. Paradójicamente, el hombre que consolidó la hegemonía ideológica más fuerte desde la redemocratización no es un ideólogo clásico, sino un negociador que comprendió antes que muchos que la identidad política se transformó en el activo electoral más valioso del país.

