Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Mateo (Mt. 22, 1-10)

Por Hugo Santiago Obispo de la diócesis de San Nicolás
«Jesús habló en parábolas a los sumos sacerdotes y a los fariseos, diciendo: “El Reino de los Cielos se parece a un rey que celebraba las bodas de su hijo. Envió entonces a sus servidores para avisar a los invitados, pero estos se negaron a ir. De nuevo envió a otros servidores con el encargo de decir a los invitados: ‘Mi banquete está preparado, ya han sido matados mis terneros y mis mejores animales, y todo está a punto: vengan a las bodas’. Pero ellos no tuvieron en cuenta la invitación y se fueron, uno a su campo, otro a su negocio, y los demás se apoderaron de los servidores, los maltrataron y los mataron. Al enterarse, el rey se indignó y envió a sus tropas para que acabaran con aquellos homicidas e incendiaran su ciudad. Luego dijo a sus servidores: ‘El banquete nupcial está preparado, pero los invitados no eran dignos de él. Salgan a los cruces de los caminos e inviten a todos los que encuentren’. Los servidores salieron a los caminos y reunieron a todos los que encontraron, buenos y malos, y la sala nupcial se llenó de convidados”». Palabra del Señor.
Mis intereses y los demás
En principio nos parece extraño que los invitados no acepten participar de una fiesta de bodas, donde se celebra el amor, se gustarán buenas comidas, donde los invitados tendrán la posibilidad de divertirse y pasarla bien. Sin embargo, es posible que hayan pensado desde los propios intereses y concluyeron: “Tengo que comprarme ropa, tendré que invertir en un regalo, una tarjeta, me tendré que sentar en una mesa con gente que no conozco; por otra parte, necesito el dinero para proyectos personales diversos; mejor no voy e invierto el dinero y el tiempo en mis cosas”. Con esta parábola, Jesús está dejando un mensaje: parte de una desatención desde el punto de vista humano para hacernos pensar cómo valoramos las invitaciones de Dios en relación con los intereses personales. Jesús invita a un determinado tipo de gente que, por valorar los intereses personales más que los de Él, rechaza la invitación, entonces a la fiesta es invitado “cualquiera”. Eso demuestra el hecho de que los servidores del rey son enviados a invitar a “quienes encuentren por las calles”.
La opción oculta: humanización o deshumanización
El ritmo de vida que llevamos y la mentalidad pragmática, que es el común denominador de esta cultura, nos están dejando sin tiempo para la fiesta de «lo humanamente gratuito»: un momento de descanso para el encuentro con nuestra familia y nuestros hijos, para agradecerle a Dios el hecho de estar vivos y sanos, por ver, caminar, oír, gustar y sentir, lo cual nos permite todo lo demás. Como resultado de este estilo de vida, nos estamos deshumanizando; nuestros intereses pragmáticos nos están quitando el tiempo para encontrarnos con nuestros afectos de manera reposada, atenta y alegre, y para jugar con nuestros hijos.
Esto ha comenzado a generar una epidemia con tendencia a transformarse en pandemia: la ruptura de vínculos, entre los cuales entró Dios también. No es que nos hayamos «peleado» con Dios, sino que, en categorías pragmáticas y eficientistas, Dios dejó de contar para nosotros. Lo evaluamos en la bolsa de comercio y concluimos: «No tiene valor», «no vale la pena». ¿Dios para qué? ¿Jesucristo para qué? ¿Para qué un tiempo para rezar, para impregnarnos de los valores de Cristo en su Evangelio y ponerlos en práctica? ¿Para qué si los valores del mundo de hoy son otros? ¿Los demás? ¿Por qué voy a buscar los intereses de los demás si cada uno busca sus propios intereses? Y así nuestra cultura se va descristianizando y, por eso mismo, deshumanizando. Los síntomas que indican los resultados de esta ecuación son: la ruptura de vínculos, la violencia familiar, la confrontación social, la brecha creciente entre los que tienen oportunidades y los que no, la inseguridad y la falta de consideración tranquila del otro. En vez de disfrutar de la sabiduría y el afecto del abuelo, consideramos que es una carga y decidimos llevarlo a un geriátrico aunque todavía no sea tiempo de ello; pensamos que tenemos derecho a decidir si alguien nace o no invocando «derechos personales» y así llegó la muerte de inocentes.
Aceptar la invitación
Si decidimos decirle que sí a la fiesta de Jesús, Él nos enseñará que al que nos regala todas las horas de la vida vale la pena dedicarle un poco de tiempo todos los días para agradecerle tanto amor. Si a Jesucristo no lo evaluamos en la bolsa de comercio, sino en el mundo de las relaciones personales y los valores humanos, Él nos mostrará el camino para reparar los vínculos y de nuevo podremos abrazarnos, porque Dios humaniza. Jesucristo nos enseñará a promocionar a los más vulnerables con la educación y el trabajo: así se achicará la brecha entre ricos e indigentes, estaremos más seguros, y la familia tendrá más estabilidad y será un hogar donde descansemos y nos abracemos.
Si vamos a la fiesta de Dios, veremos que cada vida es un regalo y un proyecto y la celebraremos. Si aceptamos la invitación a la fiesta de Dios, viviremos mejor.
Que Dios te bendiga, en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. ¡Buen domingo!

