Del insulto al debate: qué revela el uso de “sorete”

Cuando el insulto irrumpe en el lenguaje público

Ilustración sobre el lenguaje agresivo en la vida pública

NewsITe

En la Argentina contemporánea, la palabra “sorete” dejó de ser un exabrupto reservado al ámbito privado para instalarse con naturalidad en la política, el mundo empresario y, sobre todo, en las redes sociales. Lo que antes quedaba en charlas de entrecasa o en la bronca a puertas cerradas, hoy aparece en conferencias de prensa, entrevistas, posteos virales y cruces entre dirigentes que deberían ser ejemplo de diálogo democrático.

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Desde el punto de vista etimológico, “sorete” pertenece al español rioplatense y designa originalmente un excremento sólido. Su origen preciso no figura con claridad en los grandes diccionarios etimológicos, pero su uso cotidiano en Argentina y Uruguay lleva décadas. Con el tiempo, el término se despegó de su sentido literal para transformarse en un insulto moral: llamar a alguien “sorete” supone tildarlo de egoísta, despreciable o completamente poco confiable.

El fenómeno no es exclusivo del castellano rioplatense. A lo largo de la historia, muchas lenguas tomaron palabras ligadas a la suciedad o los desechos para expresar rechazo hacia ciertas conductas. La diferencia, hoy, es que ese registro se volvió parte estable del lenguaje público y mediático. En ese punto, la discusión deja de ser apenas lingüística y empieza a involucrar la calidad de nuestra comunicación y, en definitiva, de nuestra vida democrática.

Política, empresas y redes: el atajo del agravio

La política vive una crisis de formas: resulta cada vez más frecuente que, en lugar de confrontar ideas, se busque directamente descalificar o aniquilar al adversario. Insultar se vuelve, así, el camino corto: es más fácil llamar “sorete” al otro que tomarse el tiempo de explicar por qué se consideran erróneas sus propuestas o argumentos. Reducir al oponente a un agravio permite evitar el esfuerzo de fundamentar.

En el ámbito empresarial ocurre algo similar, aunque muchas veces puertas adentro: cuando se acusa a competidores de prácticas deshonestas o de dañar al mercado, la tentación de recurrir a la agresión verbal debilita cualquier planteo serio. El insulto, en lugar de fortalecer la denuncia, la empobrece.

Las redes sociales potenciaron este clima. La velocidad para publicar, cierto margen de anonimato y la búsqueda permanente de impacto fomentan una retórica cada vez más extrema. Incluso la inteligencia artificial es utilizada, en ocasiones, como herramienta de hostigamiento masivo. En ese ecosistema, la verborragia se confunde con comunicación, pero no lo es: hablar más no siempre implica decir mejor.

Educación, libertad de expresión y responsabilidad

La pregunta de fondo es qué lugar ocupa la educación frente a este escenario. Las instituciones educativas no solo transmiten gramática o literatura; también enseñan a convivir y a entender que las palabras generan efectos concretos. La libertad de expresión es uno de los pilares de cualquier democracia, pero viene acompañada de una responsabilidad: no todo lo que puede decirse contribuye al debate público.

  • La libertad de expresión permite disentir; el libertinaje verbal busca humillar.
  • La libertad de expresión fortalece la discusión; el libertinaje verbal la degrada.
  • La libertad de expresión ampara el derecho a pensar distinto; el libertinaje verbal intenta silenciar mediante el agravio.

Cada lengua tiene variantes populares, informales e incluso groseras. El problema surge cuando esas formas desplazan a las ideas, cuando el desprecio reemplaza al razonamiento. Allí, la agresividad gana terreno a costa de la precisión y la profundidad del intercambio.

Frente al insulto “sorete”, los verdaderos antónimos simbólicos son el respeto, la dignidad, la cordialidad, la templanza, la empatía, el argumento y el diálogo.

Recuperar el valor de usar bien las palabras es un desafío central. La calidad de una democracia no se mide solo por las leyes o por la limpieza de sus elecciones, sino también por el modo en que ciudadanos y líderes se hablan entre sí. Cuando el debate público se reduce a etiquetar al otro como “sorete”, se corre el riesgo de olvidar que las palabras moldean la comunidad que construimos. Todavía hay margen para elegir otros términos: respeto, responsabilidad, inteligencia y, sobre todo, esperanza.

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