Un futuro inundado para releer el siglo XXI

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En su nueva novela Lo que podemos saber, publicada en español por Anagrama, Ian McEwan vuelve a interrogar la relación entre memoria, verdad y relato. Lo hace desde un escenario desolador: el año 2119, cuando guerras, desastres climáticos y una gran inundación modificaron para siempre el mapa del planeta y el modo en que las sociedades se vinculan con su propio pasado.
En ese mundo, Londres, París y Nueva York han quedado sumergidas, Gran Bretaña se ha reducido a un archipiélago y Nigeria ocupa un rol central en el nuevo orden global. La humanidad conserva fragmentos de la información digital del siglo XXI, pero ha perdido buena parte de la capacidad tecnológica que definió a nuestra época. Sobre esos restos se construye un nuevo intento de comprender quiénes fuimos.
El protagonista de la historia es Thomas Metcalfe, profesor e investigador de literatura. Su obsesión tiene nombre y apellido: Francis Blundy, un prestigioso poeta de comienzos del siglo XXI. En particular, Metcalfe se empeña en reconstruir el rastro de un único poema, Una corona para Vivien, leído en privado en 2014 y luego perdido. El texto nunca volvió a aparecer y con el paso de las décadas se transformó en una suerte de pieza mítica, tan buscada como inasible.
A partir de archivos, diarios personales, mensajes y testimonios incompletos, Metcalfe intenta reconstruir aquella cena y, con ella, una vida y una época. McEwan convierte esa pesquisa en un laboratorio narrativo: cada dato que parece acercar al investigador a la verdad abre, a la vez, nuevas zonas de duda. La novela se pregunta cuánto puede saberse realmente de una persona o de un período histórico a partir de los rastros que deja.
Thriller literario, memoria y límites del conocimiento
El dispositivo narrativo propuesto por McEwan invita al lector a convertirse en compañero de búsqueda de Metcalfe. El poema ausente funciona al mismo tiempo como motor del suspenso y como excusa para discutir el peso de los documentos, las interpretaciones académicas y los secretos familiares. El resultado es una combinación de thriller literario, ficción especulativa y novela académica.
La obra también ofrece una mirada incómoda sobre nuestro presente. Desde el siglo XXII, la sociedad del futuro observa las primeras décadas del XXI con una mezcla de fascinación y reproche: reconoce que existía plena conciencia de la crisis climática, pero percibe la incapacidad colectiva para modificar el rumbo a tiempo. Lo cotidiano para nosotros se vuelve, en la novela, un objeto de nostalgia y estudio.
La inteligencia artificial ocupa un lugar relevante en ese escenario. Convertida en un servicio público que sobrevivió al derrumbe, conserva enormes volúmenes de información pero no logra reproducir la complejidad de la mente humana. Allí se refuerza una de las ideas centrales del libro: acumular datos y trazar vínculos entre ellos no equivale a comprender la experiencia de una vida.
El valor de las Humanidades en un mundo en ruinas
- La obstinación de Metcalfe por un poema perdido pone en discusión la utilidad de la literatura en una sociedad que privilegia otros saberes.
- La novela retoma temas recurrentes en McEwan: deseo, culpa, creación artística, secretos, fragilidad de los recuerdos y errores de interpretación.
“Lo que podemos saber indaga cuánto cabe conocer de una vida y de una época cuando sólo sobreviven fragmentos, archivos y relatos en disputa”.
En la segunda parte, la trama amplía el alcance de la investigación inicial y obliga a revisar certezas que parecían sólidas. McEwan usa el futuro, más que como ejercicio de adivinación, como un mirador desde el cual contemplar el presente. Con 384 páginas en su edición en castellano, traducida por Eduardo Iriarte Goñi, la novela se suma a la extensa obra del escritor británico como una nueva exploración sobre esa distancia siempre incierta entre los hechos, la memoria y la historia que, finalmente, termina imponiéndose.

