Así se levantó y se derrumbó la casa de los Buendía

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La mítica casa de los Buendía, corazón de Cien años de soledad, no sólo fue un símbolo literario: para su adaptación audiovisual se transformó en uno de los sets más complejos y ambiciosos construidos en Colombia. El proyecto demandó cerca de dos años de trabajo e involucró a arquitectos, escenógrafos, paisajistas y técnicos que debieron recrear, en un único espacio, un siglo de historia familiar.
El diseño general quedó a cargo de los arquitectos Carolina García Castro y Jorge Alberto Yepes, de la empresa Desde Cero. Su desafío fue condensar las siete generaciones de los Buendía y las distintas etapas de la vivienda, desde sus inicios humildes hasta el deterioro final, en un recorrido visual coherente para el espectador.
Para lograrlo, el equipo realizó una investigación profunda sobre las raíces reales de la obra de Gabriel García Márquez. Recorrieron Aracataca, pueblo natal del escritor, y la zona bananera colombiana, donde se gestó parte del universo de Macondo. Esos viajes permitieron definir materiales, paleta de colores y proporciones, evitando caer en una versión meramente decorativa del realismo mágico.
Un Macondo a resguardo dentro de un hangar
La casa fue construida en Alvarado, en el departamento de Tolima, el mismo lugar donde se levantó el pueblo de Macondo para la serie. Para proteger el set de las lluvias, el calor y el viento, toda la estructura se montó dentro de un hangar de casi 3.000 metros cuadrados. Afuera sólo se levantó una réplica de la fachada, el zaguán y parte de la sala, destinada a las tomas abiertas.
La vivienda debía funcionar como un organismo vivo. Comenzaba como una casa sencilla de madera y, a medida que avanzaba la narración, crecía hasta convertirse en una construcción de dos pisos, repleta de objetos, vegetación y personajes. La arquitectura se pensó en capas desmontables para permitir cambios rápidos de pisos, paredes y techos sin reconstruir el set desde cero.
Aunque la estética remitía a finales del siglo XIX y comienzos del XX, la estructura respondía a normas contemporáneas de seguridad. Bajo las columnas de madera se ocultaba una estructura metálica y la cimentación fue calculada para soportar el movimiento constante del equipo de rodaje.
Ingeniería oculta y deterioro planificado
Uno de los puntos clave fue el segundo piso, que debía soportar no sólo a los actores sino también el peso de grúas y plataformas móviles utilizadas por las cámaras. Las tejas, que a simple vista parecen de barro, fueron fabricadas en fibra de vidrio para reducir el peso y hacer posible escenas complejas, entre ellas las protagonizadas por el personaje de Mauricio Babilonia.
- Techos y paredes livianos pero resistentes, pensados para el rodaje.
- Módulos desmontables que permitían transformar la casa en pocas horas.
- Sistemas de impermeabilización para simular lluvias e inundaciones.
- Un trabajo de paisajismo capaz de montar y desmontar vegetación según la escena.
El deterioro de la casa, que en la ficción acompaña la decadencia de los Buendía, también fue meticulosamente diseñado. Las inundaciones, el abandono y la presencia de maleza exigieron instalar sistemas especiales de drenaje y protección para que el agua no dañara la estructura real. Entre toma y toma, el equipo de paisajismo retiraba plantas, intervenía el terreno y luego volvía a reconstruir el entorno.
“La casa se convirtió en un personaje más, que debía crecer, transformarse y morir con la familia Buendía”, sintetizaron los responsables del proyecto en declaraciones a la prensa colombiana.
Cuando llegó el momento de filmar la destrucción final del set, quienes lo habían levantado tuvieron que participar también de su desmontaje. La despedida de la casa de los Buendía, tal como ocurrió en las páginas de García Márquez, fue un cierre cargado de simbolismo para el equipo, que vio desaparecer en cuestión de días un espacio que le había llevado años construir.
Con su compleja combinación de arquitectura, efectos especiales y lenguaje visual, la casa de los Buendía se consolida como uno de los grandes ejemplos de cómo la industria audiovisual latinoamericana puede llevar al terreno físico los mundos imaginados por la literatura.

