Del fervor mundialista a la vida cotidiana en Suiza

NewsITe
Mientras la Selección argentina y Suiza se preparan para enfrentarse en una nueva cita mundialista, la escritora y cantante argentina Karina Salazar, radicada hace 26 años en territorio helvético, pone en palabras un cambio profundo: cómo un país conocido por su serenidad y precisión adoptó, poco a poco, una pasión futbolera que antes le era ajena.
En diálogo con Radio Rivadavia, Salazar recordó que, durante muchos años, ir a la cancha en Suiza era una experiencia casi silenciosa: pocos policías, festejos medidos y tribunas que apenas acompañaban los goles con tibios aplausos. Ese escenario comenzó a modificarse a medida que la selección suiza acumuló buenos resultados y se afirmó en las grandes competencias internacionales. Hoy, asegura, el clima es otro.
“Antes ibas al estadio y el operativo de seguridad era mínimo, nadie gritaba demasiado. Ahora los hinchas están mucho más involucrados, celebran, cantan y se quedan hasta tarde en las estaciones de tren saltando de alegría”, relató. Para los estándares suizos, bromea, ese entusiasmo roza el “descontrol”, algo impensado años atrás.
Influencia argentina y nuevas maneras de festejar
Salazar considera que el último Mundial fue un punto de inflexión, no solo para Suiza sino para muchas naciones que miraron de cerca la manera argentina de vivir el fútbol. La imagen de multitudes celebrando en plazas y puntos icónicos, como el Obelisco porteño, se convirtió en un modelo que otros comenzaron a replicar cuando sus selecciones obtienen triunfos importantes.
Según cuenta, en suelo suizo crecieron las concentraciones espontáneas tras los partidos, con hinchas reunidos en espacios públicos, banderas, cánticos y bocinazos que rompen, al menos por unas horas, la tradicional moderación helvética. En ese contexto, la comunidad argentina residente también organiza sus propios rituales cada vez que juega la Albiceleste.
De cara al cruce entre Argentina y Suiza, muchos compatriotas planean juntarse en restaurantes argentinos para combinar cena y fútbol, aun cuando el horario europeo obligue a poner el despertador para seguir el encuentro de madrugada. La distancia, dicen, no enfría la camiseta.
Precisión suiza, nostalgia argentina
Más allá del fútbol, Salazar describió una vida cotidiana marcada por la previsibilidad y el orden. En Suiza, afirma, “te acostumbrás a que todo funcione”: si algo se rompe en la casa, al día siguiente hay un técnico listo para repararlo; los horarios se respetan al minuto y los servicios públicos mantienen una regularidad que sorprende a quienes llegan desde América Latina.
- Puntualidad extrema en el transporte y los servicios.
- Organización social que se percibe incluso en los mínimos detalles.
- Fuerte valoración de la precisión en el trabajo y en el comercio.
Un ejemplo que suele dar la escritora es el de la compra en el almacén o supermercado: si alguien pide 105 gramos de fiambre, el empleado hará lo posible por servir exactamente esa cantidad, sin redondeos ni aproximaciones. Esa obsesión por la exactitud, explica, forma parte de la identidad suiza y se ve reflejada en todos los ámbitos.
“La calidad de vida es excelente, pero la familia siempre tira. Esa es la parte más difícil de ser un expatriado”, resume Salazar.
Instalada desde hace más de dos décadas, Karina construyó en Suiza su carrera literaria, con obras dedicadas a historias vinculadas al país y una trilogía sobre la Guardia Suiza Pontificia. También allí conoció a su marido, de nacionalidad francesa. Sin embargo, admite que la distancia con Argentina y los afectos nunca deja de doler, especialmente ante una pérdida familiar o fechas significativas.
Entre la estabilidad y el orden europeos y la intensidad emocional argentina, la escritora vive en un equilibrio permanente. Disfruta de la seguridad, la precisión y el bienestar suizo, pero reconoce que la nostalgia es una compañera constante. Entre banderas rojas y blancas y camisetas celestes y blancas, su historia refleja el dilema de miles de argentinos que eligieron emigrar: encontrar un hogar lejos del hogar, sin dejar de mirar hacia el país donde todo empezó.

