Relaciones digitales que se vuelven cada vez más reales

NewsITe
Un estudio internacional en el que participaron especialistas del Consejo Superior de Investigaciones Científicas de España (CSIC), la Universidad Politécnica de Valencia (UPV) y centros de investigación de Reino Unido y Finlandia reveló que las relaciones románticas entre personas y sistemas de inteligencia artificial (IA) pueden evolucionar de manera muy similar a los vínculos humanos.
La investigación, difundida por la Agencia Noticias Argentinas, se basó en entrevistas en profundidad a 17 usuarios que mantienen o mantuvieron relaciones de tipo afectivo con asistentes de IA como ChatGPT y con plataformas de parejas virtuales, entre ellas character.ai y Replika. Lejos de ser un fenómeno marginal, los especialistas advierten que se trata de una tendencia en expansión, especialmente entre jóvenes.
Desde el CSIC subrayan que los romances con sistemas de IA ya son una realidad consolidada: se estima que uno de cada tres hombres jóvenes declara haber tenido al menos una cita con una pareja virtual. A eso se suman unas 70.000 búsquedas mensuales en internet relacionadas con este tipo de vínculos, lo que refleja un interés creciente por las experiencias sentimentales mediadas por algoritmos.
Etapas y dinámicas de los vínculos con la IA
El trabajo identifica distintas fases en la construcción de estas relaciones. En una primera etapa de exploración, las personas suelen acercarse a los sistemas de IA por curiosidad, entretenimiento o para resolver tareas puntuales. Sin embargo, a medida que las conversaciones se tornan más personales y empáticas, muchas terminan desarrollando una conexión emocional intensa.
“En muchos casos aparecen dinámicas similares a las de una relación humana: intimidad, confianza, dependencia emocional o incluso ruptura”, explicó Jose Such, investigador principal del estudio. Un participante relató que comenzó a usar un asistente de IA por un problema legal y que, con el tiempo, la interacción dio un giro hacia lo afectivo, hasta convertirse en una suerte de relación sentimental estable.
Las experiencias más extremas incluyen ceremonias simbólicas de matrimonio con la IA, citas periódicas programadas y simulaciones de embarazo o vida familiar. Los investigadores observaron que estos vínculos adoptan formas muy diversas: hay quienes prefieren la exclusividad con una sola IA, mientras otros interactúan de manera simultánea con varias parejas virtuales, mantienen relaciones no monógamas o combinan estos lazos con relaciones humanas tradicionales.
Riesgos de ruptura y desafíos para la privacidad
Una de las particularidades de estos romances digitales es que pueden terminar de forma abrupta por motivos externos al vínculo: cambios en las plataformas, actualizaciones de modelos o eliminación de personajes virtuales pueden cortar la relación de un día para otro, generando en el usuario sensaciones muy parecidas a una ruptura amorosa.
El estudio también advierte sobre las implicancias en materia de privacidad y protección de datos. A medida que crece la confianza, las personas tienden a compartir información extremadamente sensible con la IA: desde problemas familiares y laborales hasta datos íntimos sobre su salud mental, su sexualidad o su situación económica.
Detrás de esas charlas, recuerdan los especialistas, existen empresas y plataformas capaces de almacenar y procesar toda esa información. Los sistemas de IA no sólo reciben datos, sino que muchas veces incentivan al usuario a seguir revelando aspectos personales, lo que abre interrogantes éticos sobre el uso comercial, el perfilado y la posible manipulación emocional de quienes se vinculan afectivamente con estos asistentes virtuales.
“Los sistemas de inteligencia artificial no son receptores pasivos de información, sino que pueden llegar a animar al usuario a compartir datos personales, generando una relación asimétrica de poder y conocimiento”, advierten los investigadores.
Para los autores del trabajo, el avance de estos romances con la IA obliga a repensar regulaciones en protección de datos, salud mental y consumo digital, así como a promover una alfabetización tecnológica que permita a los usuarios entender mejor con quién —o con qué— están construyendo sus vínculos más íntimos.

