La historia del asesino serial egipcio que atacó niños en trenes

Horror en los trenes de Egipto: la historia de un asesino serial

Retrato ilustrativo de un tren en Egipto y escena policial

NewsITe

Durante siete años, Egipto se vio sacudido por una sucesión de crímenes que expusieron la vulnerabilidad de miles de niños y jóvenes en situación de calle. Detrás de esos ataques estaba Ramadan Abdel Rehim Mansour, conocido como “al‑Tourbini” –apodo que remite al tren expreso–, uno de los asesinos seriales más temidos de la historia reciente de ese país.

Nacido en 1980 en la ciudad de Tanta, al norte de El Cairo, Mansour abandonó su hogar siendo muy joven y se integró a una pandilla callejera. En ese entorno, según relatan crónicas policiales y judiciales, fue sometido a castigos físicos extremos por parte de los jefes de la banda, quienes utilizaban cuchillos y navajas para “corregir” errores y disciplinar a los más débiles.

Lejos de alejarlo de la violencia, ese contexto lo convirtió en victimario. Con el tiempo se transformó en líder de su propia pandilla y desarrolló un método de ataque sistemático contra niños y adolescentes de entre 10 y 14 años, la mayoría en extrema vulnerabilidad social. Sus zonas de acción se extendieron por varias ciudades egipcias: Alejandría, Beni Sueif, El Cairo y Qalyoubeya.

El “Tourbini” y su método de terror en los vagones

Los trenes se convirtieron en el escenario principal de sus crímenes. Mansour y sus cómplices captaban a chicos de la calle en estaciones y andenes, para luego llevarlos al techo de los vagones, donde quedaban completamente aislados. Allí los desnudaban, los sometían a abusos sexuales y salvajes torturas.

Tras el ataque, las víctimas eran arrojadas desde lo alto de los trenes hacia las vías, muchas veces ya sin vida y en otras ocasiones apenas con signos vitales. En determinados casos, los cuerpos eran tirados al río Nilo o enterrados vivos, lo que dificultó durante años la reconstrucción precisa del número de asesinatos. Las investigaciones posteriores estiman que fueron al menos 32 los niños y jóvenes asesinados.

Mansour utilizaba con frecuencia el trayecto entre El Cairo y Alejandría, donde decía sentirse más seguro por la menor presencia policial. La impunidad con la que se movía alimentó el miedo entre los menores que vivían o trabajaban en las estaciones ferroviarias, un universo especialmente desprotegido y con poco acceso al sistema de justicia.

La denuncia que destapó la cadena de asesinatos

Una figura clave en el caso fue Nagui, un chico de 12 años que había integrado la pandilla liderada por Mansour. Tras intentar abusar de él, el criminal fue denunciado por el propio menor ante la Policía. Aunque inicialmente fue detenido, recuperó la libertad poco después por falta de pruebas.

La liberación tuvo consecuencias trágicas: movido por la venganza, Mansour encontró a Nagui, lo violó y lo asesinó. Con el tiempo, los investigadores lograron vincularlo de manera directa con ese crimen, que se convirtió en uno de los hitos de la causa.

Investigación, juicio y condena a la horca

Recién en 2006 las autoridades egipcias comenzaron a unir las piezas de la serie de homicidios. La detención de dos integrantes de la banda abrió el camino para que la Policía identificara el patrón de los ataques y ubicara a Mansour como jefe del grupo. A partir de esas pistas, fueron arrestados el asesino serial y varios de sus cómplices.

Durante la instrucción de la causa, Mansour declaró ante los fiscales que estaba “poseído por un genio femenino” que le ordenaba cometer los homicidios, una explicación que buscó situar los crímenes en el terreno de lo sobrenatural. Sin embargo, los jueces se apoyaron en pruebas materiales y testimonios para sostener la responsabilidad penal del acusado.

  • En 2007, el tribunal penal de Tanta lo declaró culpable de múltiples homicidios y abusos.
  • Fue condenado a muerte junto a su principal cómplice, Farag Samir Mahmoud, apodado “Hanata”.
  • Ambos fueron ejecutados en la horca el 16 de diciembre de 2010, en la prisión de Borg El‑Arab.
  • Otros cinco integrantes de la banda recibieron penas de entre 3 y 40 años de prisión.

El caso “al‑Tourbini” quedó marcado en la memoria colectiva egipcia como un símbolo extremo de violencia contra niños en situación de vulnerabilidad y de fallas en los sistemas de protección e investigación temprana.

La historia de Ramadan Abdel Rehim Mansour sigue siendo objeto de análisis en Egipto y en el mundo árabe, tanto por la dimensión de los crímenes como por el modo en que se aprovecharon de la fragilidad de los chicos de la calle. Su captura y condena expusieron la necesidad de reforzar los mecanismos de contención social y de prevención de delitos contra la infancia en uno de los sistemas ferroviarios más transitados de la región.

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