La monumental escultura de Marino di Teana llega al Bellas Artes

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En los jardines del Museo Nacional de Bellas Artes, frente a la plaza Rubén Darío y a metros de la Floralis Genérica, una nueva presencia de acero modifica el paisaje porteño. Se trata de Aube, una escultura monumental de Marino di Teana que, con casi seis metros de altura y realizada en acero corten, propone una lectura renovada del vínculo entre arte, espacio público y ciudad.
Concebida originalmente en 1977 y materializada en 2018 a partir de los planos del propio artista, la obra forma parte del programa “El ojo del arte” y llega a Buenos Aires como resultado de un proyecto largamente imaginado por el crítico Jorge Romero Brest. Junto con Homenaje a Lao Tse, completa un doble emplazamiento al aire libre impulsado por el Museo Nacional de Bellas Artes y la Asociación Amigos del museo.
El título de la pieza no es casual. Aube significa “amanecer” en francés y resume el pensamiento escultórico de Di Teana: el espacio como materia viva. Dos semicírculos de acero, levemente desplazados entre sí, emergen desde una base horizontal que sugiere el horizonte. Desde cierta distancia, la obra parece simétrica; sin embargo, a medida que el espectador la rodea, el vacío central adquiere protagonismo y pone en juego una dinámica cambiante entre masa, luz y sombra.
El espacio como tercera presencia: la fórmula 1+1=3
Di Teana desarrolló una teoría singular sobre la escultura, sintetizada en su célebre fórmula “1+1=3”. Para el artista, entre dos volúmenes existe siempre una tercera entidad: el espacio contenido entre ellos. En Aube, ese vacío perforado en el centro funciona como un núcleo energético que altera la lectura del conjunto y transforma la experiencia de quien se desplaza alrededor de la obra.
La realización de la pieza en Buenos Aires implicó un minucioso trabajo de ingeniería. La empresa DAMTSA produjo la escultura a partir de los planos conservados en el Atelier Marino di Teana, en Francia, respetando las tensiones internas y el delicado equilibrio espacial que caracterizan su lenguaje. El uso de acero corten, material elegido por el propio artista, incorpora además la dimensión del tiempo: la superficie se oxida, cambia de color y dialoga con las condiciones climáticas de la ciudad.
Una deuda saldada con la modernidad del Bellas Artes
La llegada de Aube y Homenaje a Lao Tse también supone la concreción de un deseo inconcluso. En los años sesenta, Romero Brest había imaginado instalar una gran escultura de Di Teana en los jardines del Bellas Artes, en el marco de una política de modernización del museo inspirada en estándares internacionales. El proyecto quedó postergado por décadas y su realización actual funciona como una reparación histórica.
Curadas por María José Herrera, ambas piezas permanecerán exhibidas hasta mediados de 2026. Aube se ubica en el cruce de la avenida Figueroa Alcorta y Pueyrredón, mientras que Homenaje a Lao Tse fue emplazada junto al acceso de la Asociación Amigos del Bellas Artes y luego será trasladada a la isla El Descanso, en el Delta del Paraná, extendiendo el alcance del proyecto más allá del centro porteño.
Del Taller de Berni a la “escultura arquitectónica” en Europa
Nacido en Teana, Italia, en 1920, Francesco Marino llegó a la Argentina en su adolescencia. Se formó en la Escuela Superior de Bellas Artes Ernesto de la Cárcova, integró el Taller de Arte Mural impulsado por Antonio Berni y participó activamente en la escena artística porteña antes de radicarse en Europa en 1952. Tras un breve paso por Galicia, se instaló en París, donde desarrolló una destacada carrera vinculada a la llamada “escultura arquitectónica”.
En Francia compartió generación con figuras latinoamericanas como Julio Le Parc, Gyula Kosice y Jesús Rafael Soto, y fue representado por la reconocida galerista Denise René. Sus obras integran colecciones de instituciones de referencia como el Centro Pompidou y el Museo de Arte Moderno de París, y se encuentran emplazadas en diversos espacios públicos europeos.
Décadas después de su partida, Di Teana vuelve a ser parte del paisaje de Buenos Aires. Aube no se presenta como un monumento cerrado, sino como una estructura abierta al aire, al tránsito y a la mirada móvil de quienes la rodean. Entre acero y vacío, entre peso y luz, la obra invita a pensar la ciudad como un escenario en permanente transformación.

