Riquelme y Milito, bajo la lupa: del ídolo al dirigente

Ídolos en la cancha, cuestionados en los despachos

Juan Román Riquelme y Diego Milito, referentes convertidos en dirigentes futbolísticos

NewsITe

En el fútbol argentino, la figura del ídolo convertido en dirigente se hizo moneda corriente. Nombres como Juan Román Riquelme en Boca Juniors y Diego Milito en Racing llegaron al poder impulsados por el prestigio ganado dentro de la cancha y por campañas cargadas de promesas. Sin embargo, con el paso del tiempo, una parte importante de los socios y socias comenzó a mirar con desconfianza esa transformación del héroe deportivo en gestor político.

La experiencia reciente de ambos dirigentes muestra que el liderazgo deportivo no siempre se traduce en una administración eficaz. Expectativas desmedidas, proyectos que no terminan de concretarse y decisiones deportivas polémicas alimentan un creciente malestar interno que, en muchos casos, ya se expresa públicamente en asambleas, redes sociales y tribunas.

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El caso Milito: del “salto de calidad” a las dudas deportivas

Diego Milito desembarcó en la conducción de Racing prometiendo un “salto de calidad” institucional y deportivo. El exdelantero planteó que la conquista de la Copa Sudamericana debía ser apenas el punto de partida de un ciclo ambicioso, con objetivos más altos en el plano internacional y una estructura de club fortalecida.

Sin embargo, con el correr de los meses los cuestionamientos se multiplicaron. Una de las principales críticas apunta al manejo del patrimonio futbolístico: se concretaron ventas por montos millonarios —se habla de operaciones que en conjunto superan los 30 millones de dólares— pero una parte de la hinchada considera que el plantel perdió jerarquía en comparación con aquel que supo consagrarse a nivel internacional.

La salida anticipada de Gustavo Costas acentuó el descontento. El entrenador había renovado contrato por tres años, pero fue despedido apenas cinco meses después. La decisión abrió un fuerte debate puertas adentro sobre la planificación deportiva, la coherencia de los proyectos y el modo en que se toman las decisiones clave.

A esto se suma el malestar por el estado del campo de juego del estadio Presidente Perón. Durante la campaña se prometieron obras de mejora integral, pero buena parte de los socios entiende que el terreno de juego está lejos de los estándares anunciados, un detalle nada menor para un club que aspiraba a competir de igual a igual en el plano internacional.

Riquelme en Boca: la Libertadores como obsesión inconclusa

En Boca, Juan Román Riquelme construyó su discurso político alrededor de un objetivo central: recuperar la competitividad internacional. En cada aparición pública previa a las elecciones, el exenganche insistió en que la Copa Libertadores debía ser la gran prioridad institucional y deportiva del club.

La realidad reciente está lejos de aquella promesa. En este tramo de su gestión, Boca quedó al margen de la máxima competencia continental y debió conformarse con disputar la Copa Sudamericana. Además, la ausencia en torneos internacionales en el calendario siguiente profundizó la sensación de retroceso respecto de lo anunciado en campaña.

Otro frente sensible es el proyecto de modernización y ampliación de la Bombonera. Desde hace años se presentan distintas iniciativas para aumentar la capacidad del estadio, pero ninguna se tradujo todavía en una obra de fondo que modifique de manera sustancial su estructura. Las intervenciones realizadas son vistas por sectores opositores —y por algunos oficialistas que se fueron alejando— como cambios menores frente a la dimensión de lo prometido.

En ese contexto, la discusión sobre el futuro del estadio se convirtió en un punto neurálgico de la política xeneize: se mezclan cuestiones urbanísticas, intereses económicos, identidad cultural y, sobre todo, la credibilidad del proyecto que encabeza Riquelme.

Cuando el ídolo se parece al político tradicional

Detrás de los casos de Racing y Boca aparece un fenómeno de época: la utilización del carisma deportivo como plataforma electoral. La popularidad conseguida dentro de la cancha suele ser decisiva a la hora de sumar votos, pero no alcanza para sostener una gestión sometida al escrutinio permanente de miles de hinchas y socios.

La brecha entre las promesas de campaña y los resultados concretos alimenta la sensación de que estos nuevos dirigentes empiezan a parecerse a los políticos tradicionales. Proyectos que se anuncian con fuerza, obras que se demoran, objetivos deportivos que no se cumplen y explicaciones que se repiten se convierten en un patrón conocido para una sociedad cansada de los incumplimientos.

Gobernar un club del tamaño de Boca o Racing exige algo más que historia y talento futbolístico: requiere planificación a largo plazo, administración eficiente de recursos, transparencia en las decisiones y una conducción capaz de gestionar frustraciones cuando los resultados no acompañan.

La historia reciente del fútbol argentino muestra que ser ídolo no garantiza convertirse en un dirigente exitoso: el verdadero examen se rinde cada día, ante la mirada crítica de quienes confiaron en las urnas.

Mientras Riquelme y Milito siguen al frente de sus proyectos, el debate sobre el rol de los exfutbolistas en la política de los clubes promete continuar. Para los socios, la pregunta central es si la idolatría alcanzará para sostener procesos que, por ahora, dejan más dudas que certezas.

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