La joven que se hizo pasar por hombre para combatir por Isabel de Castilla


Siempre hubo mujeres que tuvieron una participación más o menos destacada en la guerra. Las vimos vikingas, galesas, bretonas y, en suma, de nacionalidades diversas; entre ellas se destaca la figura de la Dama de Arintero, la hija de un noble leonés que ante la ausencia de un hermano varón cogió la armadura y la espada para representar a su familia en la Guerra de Sucesión Castellana del último cuarto del siglo XV.


De la redacción de EL NORTE
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Arintero es un minúsculo pueblo del municipio de Valdelugueros, provincia de León, situado en plena cordillera Cantábrica. Hoy apenas tiene catorce vecinos, pero hace quinientos cuarenta y cuatro años, sin ser mucho mayor, tendría algunos más, probablemente en torno a un centenar. En cualquier caso, el señor local era el conde García, un hidalgo de solar, es decir, que tenía casa solariega y sus cuatro abuelos poseían hidalguía acreditada (lo que se denominaba «por los cuatro costados»). Con tal condición, estaba obligado a aportar un caballero armado al ejército real.
La guerra estalló y llegó la noticia a Arintero, donde el mencionado conde García se veía imposibilitado para responder a la convocatoria al no tener hijos varones; solo cinco hijas (o siete, según versiones), lo que le obligaba a acudir él mismo. Algo que no hubiera sido un impedimento en otros tiempos, pues había tomado parte en numerosas campañas contra los musulmanes, salvo que ahora ya peinaba canas y no estaba en condiciones de retomar la vida castrense.
Y es que resultaba humillante para aquel hidalgo saber que varios vecinos se disponían a marchar hacia Benavente para unirse al ejército como peones y, más aún, que los vástagos de otros hidalgos del entorno ya estaban en marcha. Por eso, viendo su decaída moral, una de las hijas, llamada Juana, le hizo una insólita propuesta: ella acudiría en representación de la familia. En un principio, la idea fue rechazada terminantemente por el conde, pero lo cierto es que no quedaba otra alternativa y poco a poco fue remitiendo su negativa hasta empezar a asumirla.

A la batalla
Finalmente terminó aceptando. Como los heraldos reales tenían que recorrer todo el reino y dar tiempo a unos y otros para prepararse, quedaban dos meses por delante para que Juana recibiera un entrenamiento como guerrera, desde aprender a dominar al caballo en medio del fragor del combate a manejar espada y lanza, pasando por acostumbrarse al peso e incomodidad de la armadura. Pero su determinación lo hizo posible, de modo que al cabo de ese tiempo estaba preparada y resolvió presentarse en Benavente como el caballero Diego Oliveros de Arintero, previo sacrificio de su larga melena.
El viaje hasta la localidad zamorana duró cuatro jornadas y una vez allí se incorporó a las tropas sin que nadie sospechase nada. Durante un año entero tuvo oportunidad de combatir e ir perfeccionando su conocimiento del oficio de las armas; la celada cerrada, las protecciones y un valor que no tenía nada que envidiar al del más veterano preservaron su identidad. En febrero de 1476 los reyes pusieron sitio a Zamora, que estaba en manos portuguesas, conquistándola. Los lusos se retiraron antes de que la plaza fuera tomada totalmente, planeando atrincherarse en Toro.

Era ella
Fernando se percató de ello y salió en su persecución, alcanzándolos poco antes de que llegasen. El choque se produjo en los campos de un pueblecito llamado Peleagonzalo, si bien pasaría a la historia con el nombre de Batalla de Toro. Junto a otros caballeros, Juana cargó contra el enemigo intentando arrebatarle el pendón al alférez, pero, en su ímpetu, quedó aislada ante tres adversarios. Pudo deshacerse de dos, pero el otro tenía ventaja al luchar cuesta abajo y logró desarmarla y herirla.
Aquí el relato varía. La leyenda narra que en el fragor de la batalla se le rasgaron los ojales del jubón y quedó a la vista uno de su senos; parece imposible llevando coraza.
Aunque intentó taparse rápidamente, la cosa no pasó inadvertida y empezó a correr de boca en boca que había una mujer en la hueste. Otra versión dice que la descubrieron al verla bañarse en el Duero, pero la más probable es que quedara inconsciente y fueran los médicos, al disponerse a curarla, quienes se percataran de que aquel era un cuerpo femenino.
En cualquier caso, el clamor de la soldadesca llegó a oídos del almirante de Castilla, que se enteró así de su verdadera identidad. Todo un problema porque en la Edad Media la relegación de las mujeres era absoluta siguiendo la tradición legislativa de las Siete Partidas y, por tanto, resultaba impensable que pudieran participar en la guerra. El mismísimo rey Fernando se enteró del extraño episodio y mando llamar a Juana a su presencia. Así se hizo y se le explicó al monarca toda la historia, quién era y el porqué de su acción. Fernando no daba crédito a lo que oía, pero, admirado de su valor, hizo justicia: no solo perdonó el engaño sino que le concedió numerosas e importantes mercedes a Juana.

Entre ellas figuró, a petición de ella, que todos los vecinos del pueblo obtuvieran la hidalguía, librándolos así de su contribución de sangre (es decir, de acudir a la guerra) y dinero (los hidalgos no pagaban tributos), proscribiendo de establecerse a los pecheros (pueblo llano, el que pechaba, es decir, pagaba impuestos). Asimismo le dio licencia para que Arintero organizase una feria anual –algo que en aquel tiempo constituía un importante incentivo económico– y una fiesta en recuerdo de la victoria de Toro (que en realidad no fue tal, ya que la batalla acabó en tablas, pero supuso un triunfo político al asegurar el trono para Isabel).
Pero, además, el soberano le otorgó permiso para añadir al escudo de armas de su familia un cuartel que llevaba una dama empuñando lanza y adarga. Posteriormente se le sumaron apócrifamente unos versos que hoy pueden leerse en una placa de su presunta casa natal (una reconstrucción, en realidad, pues la original resultó destruida en la Guerra Civil de 1936-39). Dicen así:

“Conoced los de Arintero
vuestra Dama tan hermosa,
pues que como caballero
con su Rey fue valerosa.
Si quieres saber quién es
este valiente guerrero,
quitad las armas y veréis
ser la Dama de Arintero”

De toda esta historia no hay fuentes documentales (salvo una carta esgrimida ante Felipe V por las autoridades de Arintero para hacer valer su privilegio ante el nuevo monarca), sino romances, por lo que no se sabe con seguridad dónde acaba la verdad y dónde empieza la leyenda. Además tiene un triste final que, una vez más, es diferente según se cuente. Unos dicen que Juana regresaba a Arintero cuando, a su paso por el pueblo de La Cándana (cerca de Valdelugueros), un grupo de soldados que jugaban a los bolos trataron de robarle sus privilegios y como ella no se dejó empezó una pelea en la que acabaron asesinándola.