Las revoluciones comienzan en las plazas


En sueños de vacunas rusas que nos devuelvan a la vida, de transiciones de fases que se entienden poco y nada, la paciencia tuvo un límite, un quiebre peligroso pero casi esperable. El virus no es que se fue ni mucho menos, pero los primeros días lindos hicieron que la ciudadanía salga a copar parques, plazas y nadie los puede parar.


Germán Rodríguez
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Y así fue como ese fin de semana, casi en un acuerdo tácito y nunca dicho, como si desde el monumento al culo rollizo se emitieran ondas electromagnéticas e imperceptibles, hubo un mensaje claro y conciso hacia la ciudadanía nicoleña de que se vaya todo al carajo. Así que matizados por la protesta de los amigos de la noche que no dan más, es que las plazas, los parques, las canchas, los juegos y lo que se les ocurra se vio desbordado de vecinos podridos de la larga cuarentena, la falta de soluciones, de que los científicos sean las vedetes y no peguen una y que de ninguna manera se van a bancar el verano encerrados y sin un mango.
Con razones o sin razón desafiando al mismísimo presidente y a su gobernador, es que hubo como una pausa y que se pudra todo.Y pensar que hace siete meses, con ningún caso en la ciudad, estábamos todos encerrados y enloquecidos de que no vuelvan los nicoleños que aislaron en Olavarría y que al final no tenían nada. Casi que fue una cuestión de Estado que hoy a la distancia nos decimos: pero qué boludos fuimos, che.
¿Y qué pasó?¿Qué nos pasó que nos cansamos? Y, básicamente de todo; primero lo largo de la cuarentena. En un principio éramos la admiración del mundo y hoy todos nos ven como unos salames. Ahora, es verdad que con el diario del lunes fue una exageración cerrar todo el país sin ningún caso, pero tampoco nos hagamos los sabelotodo porque en ese momento fue de las pocas veces que la gran cantidad de argentinos apoyaron la decisión del Alberto, que tenía un nivel de popularidad impensable. De hecho, nos habíamos vuelto unos terribles vigilantes y cuando veíamos a alguno sin barbijo o juntándose para comer un asado, enseguida lo señalábamos como un asesino propagador de epidemias y pedíamos cárcel y castigo.En ese primer tiempo el nivel de paranoia era revelador, pero había como un gran espíritu de amor, de hermandad de que esta la pasamos entre todos y que se hace patria estando encerrados. Todas las noches un sentido aplauso para el personal de la salud y los trabajadores indispensables, mucho Zoom y a consumir series. En esta nueva realidad no hubo más escuelas ni boliches ni negocios ni nada, porque al covid, como se decía hasta el hartazgo, lo combatimos entre todos.
Ahora, los alquileres y los impuestos se cobraban igual, trabajes o no, y esa situación tiene un límite que se llama fin de mes y que se fue acercando cada día más. Todo mal, desempleo por las nubes, pero con un nivel de contagios muy bajo y casi cero muertos. Verlos a Larreta, Axel y Alberto juntos era una postal de amor infinito y una señal del país que queríamos.

Al carajo
Pero la película habría estado bárbara si terminaba ahí, los famosos IFE no alcanzaban para una mierda y la ayuda a las empresas era más que rebuscada. Entonces la crisis estalló, despidos a mansalva, locales cerrados, violencia como nunca antes vista y las fases que bajaban porque tanta precaución, tanto cuarentena, tanto fundirnos económicamente... al reverendo pedo. De la noche a la mañana pasamos a estar en el top cinco de los países con más infectados.Es importante destacar que, aparentemente, si no nos tomábamos ese tiempo, no habríamos podido preparar el sistema de salud que es tan berreta que te hubiera colapsado a los dos días y probablemente se salvaron muchas vidas, pero eso es tan difícil de corroborar como todo lo otro. Al igual que los genios de la ciencia con la COVID, nadie sabe nada.Entonces, podridos, hartos, viendo cómo proliferan las tomas de terrenos, la represión, las agresiones mediáticas y que las noticias son un hervidero de forros llenándote la cabeza, que fue un pensamiento universal de decir “che, mirá qué lindo domingo, que se vayan a la mierda, yo salgo”. Y las plazas y los parques se llenaron. Probablemente el coronavirus se hizo un festín y después debamos lamentarlo, o no, porque nadie sabe una mierda salvo que los precios siguen aumentando, la plata no alcanza y te enfermás igual. Qué año de mierda, loco.