Cómo matar a un policía


Insultados, agredidos, maltratados, pero siempre al frente, yendo a donde nadie quiere ir, chocando contra esos monstruos que preferimos guardar bajo la alfombra. Solo la pasión puede soportar los insultos, las pedradas, las lesiones, ver esos dolores que todos ignoramos, abrazar a una madre a la que su hijo acaba de golpear, salvar una vida, dar la vida por el otro. Hay que querer ser policía para en estos tiempos seguir en la primera línea y recibir miserias y limosnas del otro lado. Hasta que un día dijeron basta.


Germán Rodríguez
diariolnorte@diarioelnorte.com.ar

Hora 23 de esa jornada eterna de trabajo, y después un ratito durmiendo y a volver a levantarse para ir a cubrir guardia al banco, a 40 pesos la hora, porque la plata no alcanza, con el alquiler y los impuestos apenas queda para comer y mantener a la familia. Se hace imposible, cuesta arriba.Esa mañana había arrancado insoportable, la gente que no la entiende y andan a cualquier hora sin importarles la cuarentena y los putean, los escupen, les quieren pegar, les gritan que por qué no agarran a los chorros, que por qué en vez de molestarlos no están haciendo otras cosas, como si no se dedicaran a eso también. Después un tipo grandote, totalmente ebrio, que tiraba botellas contra las paredes, y uno que le habla tranquilo, que se calme, y cuando parece estar todo bien le tiró con la botella al compañero y le rajó la frente, y para colmo se sentían las risas que provenían del fondo de esa noche perdida, de otra noche cualquiera. Es tan cansador todo.

Acompañar
Luego el llanto de una señora grande, una mujer de más de 80 años, sentada en el tapial de la vereda, con el ojo negro que le pegó el nieto, que la fajó porque quería guita para tomársela toda en el baño. Y la mujer grande, de otra época, que lloraba porque ella lo había criado al pibito y lo quería, pero ahora tan vacía estaba, confundida, con el corazón roto y tanto dolor de todas las clases en el cuerpo, sintiéndose tonta, perdida, que daban ganas de morirse de tristeza. “Tranquila, abuela, tranquila”. Y el guacho amotinado, fumado, haciéndose el malo, basura sin laburo, falopero, agresivo que se la pone y desconoce a todo el mundo. Se le da justicia, se lo reduce, se lo mete a un patrullero, se hace todo un papelerío y saldrá enseguida por adicto... ¿y a la señora que golpeó cómo la volvemos a ver a la cara? Pero es la ley y la ley es todo.

Donde nada importa
Un llamado al 911, que se escuchan tiros en zona norte, siempre allá y a los pedos con el patrullero, con sueño, pero la adrenalina a mil, esperando cualquier cosa. Allí, en Las Mellizas, donde hacía poquito habían acribillado a unos pibes, donde hace muchos años murió el compañero Mauro Maldonado a balazos, cumpliendo su deber, dando la vida por mantener la cordura en un mundo donde se la olvidaron hace rato, donde matar o morir es lo mismo, ese lugar donde la vida perdió todo significado.Es un entrevero entre familias por otra muerte de pibitos, por otra carnicería. Y están todos pasados de mambo, se nota el alcohol, los ojos rojos y fumados. Llaman a la calma, pero nadie quiere nada, todos se desconfían, se gritan para la guerra, quieren matarse, un muchacho -el más alterado- grita y putea a los policías, unas piedras vuelan desde las casas de chapas. Una mujer grita desde un fondo oscuro, es un gemido largo, estremecedor, como aullido de lobo que huele a desgracia.Calmate, calmate, pibe, le dice tomándolo del brazo y no la vio venir, el flaquito con cara de boludo le clavó la faca en el vientre, le hizo un hoyo rojo terrible, lo dejó tirado, de rodillas, en el piso tapándose el buraco del que la sangre salía a borbotones mientras el resto festejaba como bestias. Y saltaron los compañeros, hubo disparos al aire para controlar, había que tapar la herida y puta madre morirse así por nada, sucio, insultado, pensando, y no es joda, cómo harían para mantenerse la mujer y los chicos sin él, porque en momentos así cuando el fin parece cercano uno piensa en las asignaturas pendientes y que no les dejó una mierda.
Se disparan un par de postas de goma, los compañeros lo cubren, un cascotazo le vuela la gorra y lastima al cana que, a pesar de todo, lo sigue tapando con las manos ensangrentadas y los ojos llorosos. “Aguantá, loco, aguantá”. La luneta del patrullero estalla en mil pedazos que parecen volar con las estrellas. Los vigis agarran al cuchillero que grita como un chancho en el matadero, lo dan vuelta y lo esposan. Sale una mujer a los gritos que larguen al hijo, que no hizo nada, y el pendejo, no tan pendejo, llora y pide ayuda y se arma un lío imposible caen más patrulleros y es un despelote. Lo llevan herido en la caja de la camioneta a toda velocidad para el hospital nuevo. Tan poco sueldo para morir así, se dice, pero en realidad está preocupado por los muchachos que quedaron en ese quilombo. “Volvamos”, dice dolorido, le avisan que ya está, que se rajaron todos, que tienen un par de presos y que no se preocupe por eso.

Para qué
Chalecos pocos y caros y tienen que pagarlos uno mismo, patrulleros reventados, poco personal cubriendo más de lo que correspondería con este tema de hacer cumplir la cuarentena y un fastidio en la calle del que no se puede escapar, que cala hondo a toda una sociedad cansada, furiosa, reventada, rota de miseria y la gente baila en borde del abismo porque no se aguanta más. Un policía no debe protestar, no debe reclamar. Debe atenerse al llamado al deber, debe ser obediente, celoso de la Justicia y bancarse cualquier provocación porque él es la ley y dentro de la ley todo, fuera de la ley nada. Pero del otro lado no hay respuestas, faltan materiales, falta gente, falta algún plan de viviendas, faltan cárceles que no hagan que las comisarías sean una puerta molinete de delincuentes y falta un sueldo medianamente digno. Suenan discursos en el caos, promesas que ya nadie cree, las culpas van de un lado al otro. Policías en huelga parecía imposible. Parecía…

Imagen ilustración.-