La canción de los hombres que caminan por el fuego 


Caminaron primero entre piedras, troncos y mierda, cargando treinta kilos de equipo, ahogados por el humo, casi sin ver nada, dolidos por las llagas y el calor que quema. No hay tiempo para descansar, van con la garganta reseca, rogando que el viento no cambie y se encuentren en una trampa de fuego y muerte. Siete bomberos de nuestra ciudad que, contra todos los pronósticos, evitaron un desastre. Son los otros héroes de esta pandemia.


Germán Rodríguez
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Tan rojo el horizonte en ese río sin agua y barro, con el humo que ahoga desde tan lejos y pega tan cerca. Parece una postal del infierno, una imagen más de este año que no escatimó en desastres. Ya nada nos parece raro, nada nos alcanza a conmover en este 2020 de pandemia. El fuego estaba acá, frente a la ciudad, cerquita, y podíamos ver de dónde venían esas nubes negras de pesadilla que nos complican la visión y nos llenan de olor a asado en la ropa. A pesar del ahogo, ese es casi nuestro último problema. Algunos no querrán que se lo digan, les gusta que se la disimulen, pero la pandemia ya está acá y de alguna manera era inevitable. Cerrar los ojos no ahuyenta cucos y cerrar bares y gimnasios tampoco, solo trae desempleo y tristeza, pero tampoco sabemos qué está bien y qué está mal. Vivimos en el eterno estado de la duda, como si Descartes planificara nuestras vidas. Entonces el incendio de las islas se nos antoja a nada. Craso error.

Sin pensarlo
El fuego se siente, pega en las manos, la cara, ahoga, es imparable, no hay agua que alcance a sofocarlo, es un infierno que arrasa y mata la fauna. Con todo el equipo no se ve nada, salvo esa muralla negra. Cualquiera saldría corriendo, se tiraría al agua (ojo con los clavados porque el río está bastante seco), huiría. Pero los bomberos le hacen frente, se plantan a esa catástrofe y con un manguerita de mierda, pero con un valor titánico, casi inconsciente (porque de pensarlo nadie se metería ahí) lo quieren frenar.Ellos son los mismos vecinos que como nosotros no ven la hora de que arranque el torneo para sentarse a ver fútbol, que también están atentos al día a día con los contagios, que se preguntan qué onda con la vacuna de Oxford y la de los rusos, que no les alcanza la guita porque ser bombero y arriesgar la vida no es un oficio muy bien retribuido, al contrario. Y cuando se prende fuego una casa, por más que la autobomba cruce la ciudad y esté rápido les van a decir que llegaron tarde y probablemente se coman una puteada.

Al fuego
Seguro que ante el infierno deben tener un toque de miedo, pero valiente es aquel que toma sus temores y los desafía, que hace de ese miedo una fortaleza para enfrentarlo con prudencia.La noche es roja, el fuego va para todos lados, no hay tiempo de quejarse. Hay que pararlo, hay que bajar esa intensidad, llegó al frente de nuestra ciudad y no puede seguir avanzando.Siete son los bomberos que debieron cruzar con Prefectura el Paraná para frenarlo. Primero hubo una larga caminata cargando los equipos, más de 30 kilos en la espalda, esquivado piedras, basura, excrementos, ramas y alimañas en un clima salvaje, con un calor demencial. Cuesta identificar entre el humo y la confusión dónde se está, cuál es la salida. Es rogar que el viento no cambie y los deje encerrados en una trampa de fuego de la que saben, no hay escape.Llegan al lugar con manos y pies ampollados, agotados de un largo recorrido y plantados ante una barrera roja de la que se siente el crepitar bestial de los árboles y los aullidos de dolor de animales que quedaron encerrados. Ahí el agotamiento no cuenta, es sacar el equipo apropiado, organizarse, tratar de entender la situación, gritarse en un apocalipsis casi ilógico, comunicarse entre señas. En medio de un manto negro es que van para un costado del foco ignífugo. Era por ahí la única forma de pararlo. Aguantarse el ahogo, el dolor de cabeza terrible por la falta de aire, la poca visibilidad, arriesgarse con las manos en rojo y aguantando el chorro de agua y polvo hacia las llamas que parecen multiplicarse.
Fue un día entero, hidratándose como se puede, parando minutos a tomar aire y seguir, cargando con fuerza los tubos. Dan ganas de sacarse las botas por las ampollas que arden, pero hay que seguir y seguir. Detenerse ahora es dejar que las llamas ganen más terrenos y ya no hay forma de pararlo.Horas que parecen días, los ojos achinados de ardor y humo, sin cesar, aguantando hasta que las últimas llamas quedaron cercadas, y ahí sí, como un gol en la última hora, paran. Cansados, casi sin saber dónde están, en qué parte de la isla finalizó la lucha, volvieron con un agotamiento desesperante, 38 hectáreas arrasadas y solo siete bomberos de San Nicolás frenaron el desastre.Dolor, cansancio, confusión, pero con el placer de haber logrado una victoria imposible.