Banderas, independencia, protestas, pandemia y el sinsentido de no sentir 


Fin de semana largo patrio, con puente turístico que quedó como un chiste nomás, pero que sirvió para recordarnos que esta país está profundamente dividido con posturas irreconciliables. Hace 204 años, los ciudadanos de la época declaraban la independencia y ¿adivinen qué?... se autoproclamaban patriotas y estaban igual de fraccionados que ahora.


Germán Rodríguez
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Ásperos los días de 1816, en Waterloo caía el gran Napoleón y Europa vivía la época de restauración monárquica. Fernando VII aparecía como uno de los más reaccionarios, mostrándose decidido a recuperar las colonias americanas a toda costa. Las bases de la Revolución de Mayo de que ‘sin rey no hay virreinato’ empezaban a flaquear. Ahora sí se venían con todo.En México, a fines de 1815, el fusilamiento del sacerdote revolucionario José María Morelos parecía poner punto final al levantamiento antiespañol. En Venezuela y Nueva Granada (Colombia), una poderosa expedición al mando del general Morillo derrotaba a los patriotas y, en 1815, Simón Bolívar marchaba hacia el exilio en la isla de Jamaica. En Chile, desde la derrota de Rancagua en 1814, los patriotas estaban dispersos. Los realistas habían recuperado el poder y en la mira estábamos nosotros.

Bancar los trapos
¿Cómo amar un trapo? La bandera, el celeste y blanco, el himno, la escarapela, los símbolos patrios, esa vieja táctica de unión y pertenencia que se hizo fuerte en el 800 y más aún fue base de adoctrinamiento en la educación del 900 con la llegada de los inmigrantes. La bandera y los colores nos distinguen en enfrentamientos deportivos, nos embanderamos en los mundiales y en actos, los pocos que quedan (ahora menos), cantamos el himno como rugbiers (pero de los que son buenos, no del sector de golpeadores y abusadores). Hoy ‘la patria está en peligro’, se han animado a proclamar oradores políticos, que juegan a manipular la palabra “patria”, esa que nos arranca un lagrimón sin saber por qué, acompañan a gritos de consigas que se contradicen y al desmenuzarse no nos dicen nada. ‘Es todo política, nene, no seas boludo’, susurra una vocecita en la cabeza mientras con la celeste y blanca marchan a la plaza. Ahora se estilan barbijos patrios también.

Ya divididos
Cuando se produjo la convocatoria al Congreso, José Artigas (amigo de Juampi) convocó a su vez a un Congreso de los Pueblos Libres, para discutir democráticamente con su gente los mandatos que llevarían los diputados a Tucumán. Pobre iluso. Buenos Aires enfrentaba al interior, hubo mentiras, jugadas debajo de la mesa, mucha rosca política, entredichos y trampas para una casi invasión a Santa Fe y Artigas, como el gran Obdulio Varela ante la mirada de una Maracaná llorando, se dio cuenta de que el Congreso de Tucumán sería dominado por los porteños directoriales y decidió no participar. “Que se lo pierdan donde el sol no ilumina con sus rayos”, habría dicho el uruguayo. Se venía difícil la independencia.

“Juira”
Gritos, bocinazos, ‘viva la patria’, ‘fuera el comunismo’, ‘afuera los traidores que quieren que seamos Venezuela’, ‘Lázaro Báez debe seguir adentro’, ‘basta de cuarentena que nos fundimos’, ‘andate, chorra mata testigos’, ‘Alberto Fernández, decidite de una vez, terminemos estos 70 años peronistas’, ‘no vengan a provocar o les pegamos’, ‘nosotros somos la patria’, ‘viva el librecambio democrático’, ‘todos somos Vicentin’. Y las banderas se enarbolan, se canta el himno, los mayores lloran emocionados sintiéndose parte de una epopeya. Por juntarnos sentimos que la historia cambia. Y la patria sigue siendo eso que no se entiende. El pibe con la bandera marchaba porque sentía que esa bandera que nació de una revolución tenía que ser también un grito de protesta. ‘Me fundo -decía-, necesito trabajar’. En sí se empezó a fundir con don Mauricio y la devaluación cruel del 2019, pero ahora no le quedaba oxígeno. ‘Es culpa de los K’, arengaba uno que no lo representaba. ¿De qué es esta marcha? ¿Nadie solamente quiere celebrar la independencia? ¿Tanto nos odiamos en este país?

¿Dónde si no?
Se había elegido como sede del Congreso a la ciudad de Tucumán, porque estaba ubicada en el centro del virreinato y porque las provincias se negaban a que Buenos Aires fuera otra vez la única protagonista de un hecho que las afectaba a todas. Fray Cayetano Rodríguez le explicaba a un amigo los motivos de la elección de la sede: “Ahora encuentras mil escollos para que el Congreso sea en Tucumán. ¿Y dónde quieres que sea? ¿En Buenos Aires? ¿No sabes que todos se excusan de venir a un pueblo a quien miran como opresor de sus derechos y que aspira a subyugarlos? ¿No sabes que aquí las bayonetas imponen la ley y aterran hasta los pensamientos? ¿No sabes que el nombre porteño está odiado en las Provincias Unidas o desunidas del Río de la Plata?”. Gracias, Pigna, por la data.

Pueblo mío
Doscientos nicoleños, que es una buena cantidad, reclaman justicia y patria en la plaza Mitre, despliegan carteles y consignas teñidas de partidismo al igual que en cientos de plazas de todo el país. Cantan y se endilgan el mote de pueblo, se proclaman la representatividad de otros miles que están en sus hogares, o violando la cuarentena y la televisión lo repite hasta el hartazgo. ‘El pueblo se hace sentir’, dice un conductor teñido de opositor y ‘el Gobierno debería escuchar’, agrega. El pueblo ese que también marchará con otra postura contraria, representada por otros cientos que destacarán que la patria entera apoya la gestión, que viva Alberto y Cristina y fuera los gorilas anticuarentena. Las banderas celestes y blancas serán las mismas, de hecho, son todos argentinos que dicen representan al pueblo. Banderas y escarapelas que son de todos y de nadie. ¿Quién carajo es el pueblo entonces?Ahora sí«Tan pobre era la patria que, como Jesús, no tenía lugar para nacer», decía la copla popular y, efectivamente, el Congreso sesionó en la casa de doña Francisca Bazán de Laguna —como todos sabemos desde nuestra más tierna infancia, la mejor productora de empanadas de todo el Tucumán—.
El martes 9 de julio de 1816 no llovía como en aquel 25 de mayo de hacía seis años. El día estaba muy soleado y a eso de las dos de la tarde los diputados del Congreso comenzaron a sesionar. A pedido del diputado por Jujuy, Sánchez de Bustamante, se trató el «proyecto de deliberación sobre la libertad e independencia del país». Bajo la presidencia del sanjuanino Narciso Laprida, el secretario Juan José Paso preguntó a los congresales «si querían que las Provincias de la Unión fuesen una nación libre de los reyes de España y su metrópoli». Todos los diputados aprobaron por aclamación la propuesta de Paso.

Chamuyame la patria
El pueblo somos todos y no es nadie. El pueblo no es tu grito de que se vayan todos ni es la proclama de que así todo está bien. El pueblo es una utopía que, de tanto repetirla, terminamos creyéndola. El pueblo es un conjunto de intereses personales, de vidas, historias, miserias y triunfos que chocan en un mismo territorio y dependen de las mismas decisiones, pero reaccionan de diversas maneras. Los más cercano a la representatividad son las elecciones y hasta ahí nomás. La democracia no es perfecta, pero hasta ahora es lo mejorcito que tenemos. El pueblo no es un chamuyo, es un ideal.