Fuga a la medianoche (basado en hechos reales) 


No es que fuera una fiesta anticovid ni mucho menos, pero ya estaba planeada de antes y no querían suspenderla. Ahora el frío se siente feroz en medio del campo, tirados entre la humedad del pastizal, sintiendo la tierra colarse entre las uñas, la noche que da miedo y los policías que no se confían y con la linterna los buscan. Si los encuentran, es derechito al calabozo y multón. Era mejor quedarse en casa.


Germán Rodríguez
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Lo caro que salió comprar ese costillar no tiene nombre, pero la ocasión lo ameritaba. El muchacho había tenido suerte y su cumpleaños no transitó por la peor fase de la pandemia. Ahora con el salto a fase cinco ya se permitían las reuniones sociales, y por más que dijeron que eran para no más de diez personas él sabía que si metía más, no pasaba nada, que la policía no iba a salir a contar gente dentro de las viviendas. Primero pensó en los amigos y familiares más cercanos. Pero la cosa se fue divulgando y, sin quererlo, en el pueblo ya eran como cuarenta los que querían participar de la celebración. Un par de guitarreros ya afilaban las uñas y se notaban las ganas de divertirse de todos. Al coronavirus, bien gracias, no lo tenía en cuenta nadie. Tanto tiempo adentro no es bueno para el corazón, repetían. Obvio que saltaban algunas señoras que les decían que iban a matar a todos, que con el bicho no se jode y que son todos unos irresponsables. Pero a los pibes fue como si soplara el viento nomás, no le importó a nadie.

Fuck
Cuando apareció el video de Passaglia anunciando que se suspendían las reuniones sociales fue como un patadón a la entrepierna. No podía ser, ya estaba todo listo en una casa de campo aledaña, ya se habían comprado las bebidas, la cantidad de carne no se podía desaprovechar..., que no y no.Fue discusión, charla a los gritos con algunos parientes y después, como un acompañamiento tácito de los invitados de que la hacemos igual, pero con la máxima cautela y sin hacer mucha bulla, para lo que contaban también de estar en un casco de estancia a varios kilómetros de la ruta.Aparte, pasaban los días, se acercaba la fecha y ya como que lo del coronavirus sonaba a cuento.“Dale, no me jodas, resulta que los que fueron a Olavarría estaban bien, la señora de Ramallo que supuestamente contagió en las dos ciudades estaba bien, el narigón Bilardo que ya tuvo un par de cagazos del corazón tanto que tenía covid y al final estaba bien, el que vino de Australia y aseguraron que tenía coronavirus, hacen otra prueba y adivinen, estaba bien... ¿Dónde compraron los hisopados?, ¿en el chino? (este último dato fue agregado porque al momento del asado se desconocía, pero bueno, como estaba bueno no lo quería dejar pasar y aumentar así el dramatismo de la escena).
"Al final es un bolazo esto del coronavirus, una táctica para tenernos encerrados, asustados, sin laburo, sin paritarias para los que tienen la suerte de trabajar y ni siquiera la viveza de dejarte juntar. Tanto susto con Capital y el AMBA, seguro que los que se enferman son solo de gripe porque hace frío y los exagerados ya le mandan covid”, tipeó Emiliano a las apuradas en el grupo dando el último empujoncito a la juntada.

A comer y chupar
Y qué buen asadazo, carajo, la verdad que era un placer estar al lado del fuego porque esa noche de sábado te atornillaba el viento helado y ni hablar ahí en medio del campo, donde sin reparo había que bancársela o ser muy gaucho. Tampoco importaba porque el vino corría como loco, las risas ya saltaban por cualquier cosa y las ganas de disfrutar ese costillar te sostenían hasta una nevada. La verdad es que no se la esperaba nadie lo que pasó.Después, con el tiempo parece que llegó el rumor de que fue una vecina del pueblo la que los entregó, que calladita nomás, dejo que todos salieran e hizo el llamado al rato a la policía dando las indicaciones exactas de dónde estarían. Esa maldad nomás de no ver a nadie feliz.

La redada
Las luces rojas y azules eran inconfundibles y en medio de esa noche despejada se veían perfectas desde la otra punta de la tranquera. Se hizo un silencio terrible, a los pibes, todos medio mamados, se les pasó la curda y se miraron desorientados. “Dale, carajo, muevan los autos, pero con las luces apagadas, métanlos atrás y rajen para el campo que vamos todos en cana, boludos”, dijo en voz baja pero firme el dueño de la casona. Los pibes ni dudaron, así con la mitad de los sentidos, arrollados por los vahos del alcohol fueron sacando los vehículos mientras se veía cómo las lucecitas avanzaban despacio por el caminito.Después, ir corriendo campo traviesa y tirados entre la zanja, el pastizal, sucios, doloridos y cagados de frío.Se lo veía de lejos al patrón hablar con los policías, que con la linterna apuntaban para todos lados. Pucha si no te mata el coronavirus, te mata la helada. Uno de los polis empezó a caminar iluminando de derecha a izquierda repitiendo que había una joda y que no se puede, que se van a contagiar todos y va a ser un desastre.Un frío de mierda, durísimo, inaguantable y los polis que charlaban y charlaban, no se iban; a uno le acercaron un pedazo de asado, pero no quiso. Decí que no miraron la pileta que estaba llena de platos. Después de un par de palabras se fueron. Aun así los pibes quedaron todos tirados en el campo un rato más, por las dudas, no sea que vuelvan a corroborar.Mojados, congelados, con la garganta dolorida y tiritando la muchachada de a uno se fueron subiendo a los autos y en silencio se volvieron para el pueblo.Si te dicen quedate en casa, quedate en casa. Es un garrón, pero ya hicimos tanto esfuerzo que pucha...Por algo los bares y restaurantes abrieron, pero con mil protocolos, porque de esta salimos... Pero solo si nos cuidamos.