Lo que nos dice la historia sobre el impacto económico de las pandemias


Un vistazo a la historia europea de los últimos dos mil años nos muestra cómo las epidemias han tenido un impacto fundamental en la trayectoria económica a muy largo plazo de las sociedades, lógicamente casi siempre para mal. Las plagas fueron un rasgo habitual en la transición del mundo clásico al medieval.


Un vistazo a la historia europea de los últimos dos mil años nos muestra cómo las epidemias han tenido un impacto fundamental en la trayectoria económica a muy largo plazo de las sociedades, lógicamente casi siempre para mal. Las plagas fueron un rasgo habitual en la transición del mundo clásico al medieval y, de hecho, se ha venido atribuyendo a la llamada ‘plaga de Justiniano’ el derrumbe definitivo del Imperio romano. Los siglos XIV a XVII fueron una época especialmente virulenta, sobre todo en el sur de Europa. La gran peste de Milán de 1629-31, que afectó especialmente a Lombardía, pero se extendió por todo el norte de Italia, y la del virreinato español de Nápoles de 1656 fueron las más importantes no solo por su impacto inmediato (falleció una de cada tres personas), sino por sus consecuencias económicas a largo plazo.
En un contexto de creciente competencia internacional, la importante pérdida de trabajadores y la subida de los salarios hizo a la industria textil italiana mucho menos competitiva frente a los británicos y a los holandeses. Y de aquellas plagas, estos ‘lodos’: fue precisamente en esa época cuando comenzó a hacerse más y más visible la divergencia económica entre unos vecinos europeos ricos y otros pobres.

Positivo
De hecho, solo la peste negra parece haber sido excepcional por sus efectos positivos. Importada desde Asia a Italia en una época de grandes contactos comerciales, lo que al principio parecía una gripe fue capaz de acabar en apenas cinco años (1346-1351) con hasta el 60% de las poblaciones europeas, sin distinguir grupos ni clases sociales. Fue tal el shock que las ciudades se quedaron, literalmente, sin apenas trabajadores y los campos sin campesinos. El poder de negociación de unos y otros (mayores salarios, más libertades) aumentó de tal manera que la desigualdad se redujo como nunca antes. El feudalismo recibió un golpe de muerte, el nuevo mundo urbano y las nuevas destrezas técnicas despegaron por completo; hasta la posición de la mujer se vio muy favorecida. Por paradójico que resulte, la peste negra ayudó a situar a Europa en una posición de poderío económico que no abandonaría hasta seis siglos después. Además, en el castigo estuvo la penitencia: lo que había llegado a consecuencia de intercambios comerciales intensos, se fue antes gracias también a una mayor integración económica.

Lo que viene
¿Tendrá un impacto comparable la covid-19? En absoluto. Aun siendo conscientes de la incertidumbre que la rodea, una primera comparación con estos episodios históricos sugiere que es muy improbable que el nuevo virus pueda inaugurar, por sí mismo, una nueva era económica. El impacto de varias epidemias en una población: el número reproductivo (cómo de infecciosa es) y la tasa de letalidad (cómo de virulenta), cuanto mayores sean, mayor será el número de personas fallecidas. La peste negra no solo fue mucho más infecciosa sino, sobre todo, extremadamente letal: moría uno de cada dos contagiados. Incluso la gripe española, tan en boga estos días por su paralelismo histórico, presentaba una letalidad mucho más elevada, especialmente entre los adultos jóvenes, la principal mano de obra en la época. Solamente en el peor escenario podría la crisis actual, más cercana a una gripe común virulenta, aproximarse al impacto de la de 1918. Improbable, como es, que el virus represente un punto de inflexión a largo plazo, es casi seguro que este tendrá un impacto en lo que los economistas llaman, algo misteriosamente, la ‘primera derivada’: la velocidad del cambio, antes que el cambio en sí mismo.
La covid-19 no inaugurará ninguna era china porque llevamos ya años allí. La actual crisis solo acelerará, lo que no es poco, la creciente divergencia entre las economías occidentales y asiáticas. Aun cuando una mayor severidad de la crisis en los países occidentales hiciera descender su crecimiento a niveles de la Gran Recesión, es muy poco probable que el grueso de la población mundial (China, India) sufra un impacto así de negativo. A la vez que reduce aún más la distancia económica entre, digamos, un ciudadano chino y uno francés, el estancamiento de las clases medias y, especialmente, los daños que sufran los trabajadores menos digitalizados (incapaces de teletrabajar) debilitarán aún más la confianza en el futuro y en nuestros líderes. Pero eso no es nada nuevo y el pecado original no es del maldito virus.Hace 100 años, al igual que ahora, los líderes políticos debieron primero enfrentar una decisión casi shakesperiana: poner o no un precio a la muerte. Porque es eso precisamente lo que supone elegir entre políticas de mitigación (no paralización de la vida económica aun a costa de más infecciones) frente a políticas de supresión (hibernación de la economía para doblegar la curva cuanto antes).