Los relatos salvajes de San Nicolás 


El encierro es un veneno lento pero efectivo y se acelera con las campanas de la pandemia, que suenan fuertes despertando el lado oscuro del corazón. En ese espacio violento, irracional e incontrolable, las emociones laten sin control, se confunden en una nube de droga y alcohol donde San Nicolás suma muertos. Son peleas por celos, revancha y rencores antiguos. La crisis es económica es sanitaria, pero también espiritual y humana.


Germán Rodríguez
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Todo arrancó en una charla de presuntos amigos en la madrugada de barrio Cooperación, violando la cuarentena ¿Cuánto alcohol corrió esa noche? ¿Qué se dijeron que pudo ser tan ofensivo? ¿Qué despertó la bronca homicida? Lo patearon hasta reventarlo, dejándolo en un charco de sangre y bilis, lo robaron y lo siguieron golpeado a merced de la muerte. Javier Ruiz luchó durante semanas en el hospital, postergando lo inevitable, ya no había fuerza que lo acompañe -ni voluntad para seguir- y falleció de golpes, patadas y palazos.

En la carne
Hay momentos, situaciones y contextos que descontrolan emociones bestiales, reprimidas, que por una serie de factores fluyen sacando lo peor de las personas. Cuando aparece la violencia se hace carne, es palpable, se siente y se huele con gusto a sangre y pus en los labios, no hay límites ni control y la razón se pierde en una nube roja cuyas consecuencias acompañan por siempre.El alcohol, el encierro, la incertidumbre de un presente negro y un futuro oscuro, de que no hay mañana, alimentan la bestia que busca cualquier excusa para salir, para lastimar y si puede matar. Entre tragos de amigos que luego se desconocen surgen rencores y celos de amores que no concluyen, de la frustración de sentirse perdedor en un mundo que hace un culto de los vencedores, de no ver perspectivas de una vida mejor, todo es caldo de sangre y fuego.

Fringes
¿Es la venganza el placer de los dioses? ¿Qué hubo tan oscuro que solo una ejecución podría redimirlo? ¿Qué se debían? Primero fue un fierrazo en la nuca, tan fuerte y seco que le quitó la vida casi al instante, dejándolo solo y perdido. Luego, en un remate demencial con gusto a infierno, el escopetazo a la altura del pecho para borrarlo definitivamente. Un orgasmo de crudeza y vísceras en el asiento trasero del auto que estuvo una semana perdido en el monte a la altura de la autopista. La tumba de metal donde murió Matías Fringes dejando una vida de cárcel, venta de drogas y malos tratos. Hacía poco había salido de cumplir su condena y no hubo tiempo a la redención.

Aguirre
La cuarentena, la pandemia, el encierro, la desesperación, la falta de recursos pegan donde más se siente, donde no hay plata, donde escasea la comida y el calor y el frío se sienten más. Los desesperados apelan a instintos antiguos, perdidos y olvidados para sobrevivir. Las paredes de chapa de la villa Piolín, un reflejo de la peor pobreza, fueron testigos impávidos del escopetazo. La cabeza de Ramón Aguirre se abrió con los sesos desparramados en la calle de tierra y miseria. Su matador, con el que habían discutido cosas de guapos y machos mal entendidos, huía ante lo inevitable. Esa noche la villa se pobló de disparos, gritos, fuego y peleas. De un lado y el otro clamaban a la justicia del ojo por ojo. Todos bebían de la violencia con el muerto regando la sangre de la que mamaban los perros.

Rodrigo
Dicen que Rodrigo y el menor eran amigos y que se sentaron a beber saludando la quinta etapa de la nueva cuarentena. Cuentan que las copas fueron demasiadas, que se dijeron cosas hirientes, agresivas, que hubo insultos y alguna cachetada. Dicen tantas cosas cuando corre la sangre que entre el pavor del momento y el miedo a lo desconocido se habla sin saber. Pero el tiro si existió, entró por debajo del mentón y se alojó en el pecho de Rodrigo Emeri, que cayó casi muerto, pidiendo ayuda mientras se ahogaba en su propia sangre. Todavía respira en terapia intensiva del hospital. La parca aún lo espera.

Espíndola
El amor mata, el amor duele, el amor lastima y desata las pasiones que escapan a la razón. Martin Espíndola fue a la casa de su ex mujer a ver a su hijita de tan solo 8 meses. No debía ir porque tiene perímetro pero igual lo dejaron. Las pasiones lastiman, duelen, matan. Apareció la actual pareja de la chica y se encontraron, no había respeto entre ellos, no se aceptaba el uno al otro, no había paso del tiempo ni nueva vida. Pelearon, insultaron, se endilgaron responsabilidades y pelearon. Dicen que otro se sumó a la gresca, que las botellas y las piedras volaban, que las tensiones se aceleraban, que la sangre fluía más rápido, que ya no había límites. El nuevo cayó en la zanja, con una botella de vidrio rota. La pelea siguió allí y Martin salió con el corte letal en el abdomen. Los ojos perdidos no entendían a pesar de que caminaba y hablaba. Martin pedía ayuda balbuceando, aun no sabía que estaba muerto, no comprendía que ese corte que no alcanzaba a tener lo había matado. Nadie entiende a la muerte.

El lado oscuro
¿Qué le pasa a San Nicolás en esta época? El encierro aumenta los casos de violencia de género, las disputas familiares y la ingesta de alcohol aumenta y marea, en una cuarentena que golpea el bolsillo, que frustra los corazones, que caldea los ánimos. Un virus recorre el mundo, el Covid 19 que despierta lo primitivo, lo olvidado, lo que está en el ADN reprimido. Hay salvajes en nuestra ciudad y con tan solo tres meses de cuarentena los muertos y la violencia se multiplican. ¿Qué demonios esconde el lado oscuro del corazón?