El año que vivimos en peligro 


Frío en las calles de San Nicolás, un brisa que congela los rostros de barbijos y que cruza entre los choferes de colectivos que marchan pidiendo por sus salarios, que no llegan a fin de mes. Es un viento que recorre los negocios sin clientes, que lastima a los que esperan preocupados sacar lo último que les quedó de los cajeros, que se mete en la villa y enferma a los que ni siquiera tienen cómo frenarlo. Vientos de pandemia y pobreza.



Germán Rodríguez
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No es solo la pandemia, no es únicamente ese miedo invisible que nos tiene preocupados con el temor real de caer enfermos o que lo haga un familiar cercano, ni hablar de nuestros abuelos que son los más vulnerables, o que los hospitales colapsen y terminemos de quebrar. Es esa incertidumbre asesina, ese monstruo silencioso y mortal, el del desempleo, el de no tener dinero para subsistir, de como dijeron los choferes de Vercelli a EL NORTE, de no poder mirar a nuestros hijos a la cara y decirles que no se puede, que no hay plata, de pedir ayuda, de no ser suficiente. A veces la vida nos refriega que somos animales que se procrean y sobreviven, que el mundo tan pintoresco y moderno es una selva y allí la ley es del más fuerte, que cazar y pescar hoy es trabajar, y si no se trabaja, no se come, no se tiene techo, no se forma una familia.
Caminar por San Nicolás duele, como debe doler en cualquier ciudad del país, con la mitad de los negocios cerrados y las tiendas que están abiertas con poca gente comprando, salvo lo necesario. Pasar por Augustus, El Café, La Mira, Buena Madera, Blues, Honky, Cervesia, Villa Rocca, Pecos, Bari... y los nombres siguen, te estruja el corazón, se te achicharra de tristeza de ver morir a esos lugares donde nos divertíamos, donde compartíamos con amigos, donde nos enamorábamos, donde éramos humanos. Hoy están imposibilitados de atender, algunos apenas con delivery tapando pequeños agujeros del abismo. ¿Cuántos de esos lugares podrán volver a abrir? ¿Cómo los recibirá el día después? ¿Qué quedará cuando el apocalipsis que estamos viviendo acabe?

Donde todos perdemos
Los choferes de la empresa de colectivos desesperados marchan por el centro con sus vehículos pidiendo ayuda, que los escuchen, nos dicen que no pueden cumplir sus funciones gratis y mientras ahogan penas en oídos sordos, la ciudad sigue sin transporte hace como doce días y por tiempo indeterminado, como si la pandemia ignorara los reclamos. En otra situación, en un mundo que parece ya tan lejano y ajeno, habría sido una lucha de los trabajadores contra las empresas, ese viejo juego de poderes; pero esta vez el enemigo es invisible y ataca a todos. Desde Vercelli también piden ayuda, ruegan al Estado por subsidios, que nadie viaja, que no hay forma de paliar la crisis, de pagar los sueldos, de mantener el servicio. Hoy el COVID-19 nos une a todos en el desastre.Vino el frío. Vino con viento. Vino durísimo. Vino para recordarnos que hay que prender la calefacción quien tiene la suerte de poder hacerlo, y que las boletas de gas son un puñal que termina de matar economías, vino y nos recordó ese pasillo de angustia, de barro y casitas precarias en villa Los Provincianos y Piolín, donde el último de sus problemas es el coronavirus. Ahí, en la pobreza más palpable que tiene San Nicolás, la mayoría son jornaleros y viven de trabajar en el puerto, donde la actividad se paralizó, donde ni el agua queda. Entonces el frío, con hambre duele más. La pandemia con hambre llega más fácil.
Pymes, empresarios, trabajadores, desempleados, todos desangrados en la cuarentena más larga del mundo, buscando culpables difíciles de hallar.Tristes días en San Nicolás.