La otra gran sequia de nuestra historia


Hoy la bajante del río Paraná está causando estragos en la naturaleza de nuestro pago, con derrumbamientos y la falta preocupante de agua. Ya en el pasado, en los primeros tiempos se habían registrado bajantes y sequias que causaron desastres en la región. Una de las referencias más notables sobre esta sequía fue proporcionada por Charles Darwin quien recorrió el Pago de los Arroyos durante el año 1833.


Con frecuencia, en la actualidad se habla sobre “cambio climático” refiriéndose a un evento reciente e inesperado. Sin embargo los estudios científicos y las observaciones de viajeros y cronistas demuestran que el clima regional no siempre ha sido similar al actual.Numerosos estudios indican que el fenómeno climático del ENSO (conocido como “El Niño” en años con exceso hídrico y como “La Niña” en años con déficit hídrico, ambos en nuestra zona) ha determinado la variación climática anual en el continente sudamericano desde hace siglos.Incluso se ha propuesto que las inundaciones extremas de la llanura aluvial del río Paraná tendrían una correlación directa con los fenómenos del ENSO (Prieto, 2007). A partir de investigaciones arqueológicas es posible inferir que, para el territorio ocupado por el Pago de los Arroyos, en torno al último milenio existieron temperaturas más elevadas que las actuales (Máximo Térmico Medieval).Por otra parte, entre mediados del siglo XV y mediados del siglo XIX, el clima fue más árido y frío (Tonni y Cione, 1997). Un conjunto de trabajos que han analizado la frecuencia de las precipitaciones en Buenos Aires desde el siglo XVIII al XX, concluyen que las mismas han aumentado significativamente en la actualidad (Politis, 1984; Hoffmann, 1988) pudiéndose inferir valores promedios anuales que van del orden de los 800 mm a comienzos del siglo XIX, a más de 1.400 mm en años recientes (Deschamps et al., 2003). Como conclusión, durante ese período, la “Pampa húmeda” podría haber presentado una mayor sequedad ambiental que la actual (Deschamps et al, 2003), hecho que también debió reflejarse en los relatos históricos.

Sin agua
En efecto, durante su visita a la región del Pago de los Arroyos en 1796, Félix de Azara realizó algunas observaciones (Azara, 1837) que ponen de manifiesto este posible cambio de las condiciones ambientales durante principios del siglo XIX:"El día 23 de marzo de 1796, muy cerca del territorio correspondiente al Pago de los Arroyos, pudo registrarse que a una y media legua se cortó el río Areco, despreciable por su poca agua, y en verano se seca (...)"“La dicha laguna [Melincué], que se tuvo á la vista desde la observación al fuerte, es siempre salada, y recibe aguas, principalmente de una cañada que principia 14 leguas al NE, en el parage nombrado la India Muerta, donde estuvo antes el Fortín de Melincué, que se trasladó en 1779 en donde está hoy. Entre dicha laguna y el fortín, hay otra separada por un pequeño albardón, según se ve, la cual sirve para beber los animales cuando está llena, porque en tiempos de escasez también es salada, y se seca enteramente. Además hay otras dos lagunas, una a cada lado de la última, muy pequeñas y despreciables. En la orilla de la segunda laguna hay abundancia de unos polvos, que no se duda son los que llaman Sal de Inglaterra, y podrían proveerse de esta medicina las boticas de España.”

Muerte en masa
En las márgenes de algunos de los actuales cursos de agua situados dentro del territorio que ocupara el Pago de los Arroyos, se observan restos óseos pertenecientes a vacas, caballos y ovejas, dispuestos en forma caótica, y agrupados en altas densidades.El origen de la tafocenosis fue estimado entre los años 1817 y 1828. Podría tratarse del primer registro de una muerte en masa de ganado pampeano, desarrollada durante el episodio denominado como la “Gran Seca” y vinculado al evento de la Pequeña Edad de Hielo ocurrido durante los siglos XVIII y XIX.Una de las referencias más notables sobre esta sequía fue proporcionada por Charles Darwin quien recorrió el Pago de los Arroyos durante el año 1833:“El período comprendido entre los años 1827 y 1832 se llama la «gran seca», o la gran sequía. Durante ese tiempo fue tan escasa la lluvia caída, que no creció ninguna planta, ni siquiera cardos; los arroyos se secaron, y todo el país tomó el aspecto de un polvoriento camino carretero. Así ocurrió especialmente en la parte septentrional de la provincia de Buenos Aires y meridional de Santa Fe. Murieron un gran número de aves, animales silvestres, ganado vacuno y caballar por falta de alimento y agua. Un hombre me dijo que los ciervos solían meterse en su corral a buscar la poza que se vio obligado a cavar para proveer de agua a su familia y que las perdices apenas tenían fuerza para huir volando cuando se las perseguía. El cálculo más bajo supone que se perdieron sólo en la provincia de Buenos Aires un millón de cabezas”.
Una observación de Darwin, realizada en la región en el año 1833, puede ser comparable a la fisonomía que se registra en la actualidad en los tramos de las barrancas que todavía no han sido modificados o destruidos por actividades humanas:“Los acantilados forman la parte más pintoresca del paisaje; algunas veces son absolutamente perpendiculares y de color rojo vivo; otras veces se presentan en forma de inmensas masas agrietadas cubiertas de cactos y de mimosas”.


Fuente: Historia de San Nicolás de los Arroyos y su Pago.
Autores: Santiago Chervo (h) - Miguel Angel Migliarini.