Veníamos tan bien y se vino el Yaguarón


Nunca festejes por anticipado, dicen los sabios, pero no los escuchamos. En plena celebración de un mes sin casos, el positivo de COVID-19 de un médico sampedrino que atiende en el dispensario de La Emilia nos llenó las posaderas de preguntas. Para colmo la sospecha de un enfermero en el hospital nos sumió definitivamente en el terror. Mientras tanto, los yacarés vuelven a las costas de la ciudad.


Germán Rodríguez
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La primera señal fue sorpresiva, inesperada, casi anecdótica: un video de un yacaré de casi dos metros dando vueltas por la costa de San Nicolás se nos hacía tan lindo, y para colmo teniendo como quichicientas crías. Bueno, mucha ternura si es que no estabas pescando tranquilo y se te aparecía semejante bicho, porque ahí te agarran tres infartos seguidos. Todo risa y algarabía, pero por ahí escuché a un viejo decir: “Ojo que se viene el Yaguarón”, en alusión a la mítica bestia que mencionaban los aborígenes de la zona, el cual supuestamente venía y se comía a los que estaban boludeando por la orilla de ese brazo del río, que dicho sea de paso tiene el nombre del Yaguarón (¿vieron de dónde venía?). En fin, tampoco es que nos sorprendió, porque con todas las cosas que están pasando en el mundo este año, ya si nos dicen que todo esto es la primera fase de un plan de invasión extraterrestre, hasta capaz que te lo compro.
Veníamos dulces, es verdad, y anunciábamos a todo trapo que en San Nicolás, en nuestra ciudad, donde sí tomamos los recaudos, si nos lavamos las manos cantando dos veces el cumpleaños feliz, sí nos cuidamos, aunque no parezca, hacía un mes que no teníamos un caso. Cualquier tipo cabulero te desaconsejaría hacer semejante anuncio, que es como llamar a la desgracia. Y así fue nomás.

Todo mal
En la noche del miércoles nos enteramos de que un sanpedrino, que en realidad es nacido en San Nicolás pero vive en Baradero –un despelote bárbaro– y que estaba atendiendo en el dispensario de La Emilia, había dado positivo de coronavirus. Ese fue el clic del regreso de todos los miedos. Las redes sociales, caldo de cultivo de todas las paranoias y teorías conspirativas que anden dando vueltas, estaban en llamas. Que quién se atendió con ese enfermero. Que ese que estuvo en contacto ya debe haber estado reunido con la familia y el almacenero, el kiosquero... Que esa es una ola que no hay forma de pararla, que estamos al horno... Una minibomba atómica en el corazón de la vecina localidad, la cual está en continuo contacto con San Nicolás. Más de un extremista fundamentalista serial, de los que deambulan cual aves carroñeras por la web, ya habían pedido con mucha saña que las autoridades construyan un vallado y próximamente un muro que no deje salir a los emilianos, y que de última, se les arroje por helicóptero la comida o algo así.

¡Ouch!
La paranoia estaba desatada. Pero había más. Al rato se tomó conocimiento de que un enfermero del hospital San Felipe había presentado síntomas de tener el virus y que ya se había enviado el hisopado a analizar. ¡Me estás jodiendo! ¿Para qué? Ahí ya no sabíamos para dónde disparar. Si el enfermero finalmente da positivo, estaríamos ‘in extremus’ complicados. ¿No debimos cantar victoria? Evidentemente, no. Porque quedó demostrado que el destino se divierte de nuestras aseveraciones, que seguramente son los extraterrestres que están preparando la invasión. ¿Estamos al borde de tener que retroceder y volver a la fase tres? Pucha, capaz que sí, y de ser así, de tener que volver a cerrar los negocios; sería el certificado de defunción de muchas economías que, amigos, no soportan un mes más sin trabajar. ¿Es peor que se desate la pandemia en San Nicolás? Obvio. No hay ninguna duda de que estamos en una encrucijada y de que, indefectiblemente, deberemos seguir la política más sabia y recomendada por la Organización Mundial de la Salud y las Naciones Unidas, que es la de cruzar los dedos y rezar.