Un escape de película, y la mediocridad humana


Finalmente pudimos regresar a nuestro hogar tras desembarcar del Crucero Norwegian Jewell. Hubo un escape de película, y un periplo por buena parte del mundo . El final de un viaje que jamás olvidaré, y que me deja muchas conclusiones sobre las miserias del ser humano.


Por Pablo González
pablogonzalez@diarioelnorte.com.ar

La historia ha llegado a su fin. Aquí estoy, en cuarentena, sentado frente a la computadora de casa. Escribiendo este último capítulo de un viaje increíble, con turismo en su primera parte y avatares de ciencia ficción en la segunda. La última vez que estuve en contacto con ustedes, amigos lectores, les había contado que estábamos en altamar, rumbo a Honolulu, Hawaii. Después de que varios puertos habían negado que desembarcáramos del Crucero Norwegian Jewell a raíz del coronavirus, nos dirigíamos hacia esta isla paridisíaca en el Océano Pacífico, que forma parte de Estados Unidos. El domingo 22 de marzo llegamos a Honolulu, y el Capitán del barco anunció que debíamos prepararnos para desembarcar al día siguiente. La verdad que ya no creíamos nada de lo que nos decían, porque anuncios similares habíamos escuchado anteriormente. Pero esta vez la cosa fue distinta. Nos dijeron que Norwegian había contratado vuelos charters desde Honolulu hasta Los Angeles, Estados Unidos, para depositarnos en continente americano. Y desde Los Angeles, que cada uno se debía arreglar como podía para volver a casa.
Ante la ya casi certeza de que íbamos a bajar, sacamos por internet nuestro enésimo pasaje aéreo (pagando cada vez una fortuna, obvio). La mejor opción que encontramos fue Los Angeles-Toronto (Canadá) y desde allí hasta Buenos Aires, previa escala en Santiago de Chile. A las 5 de la mañana del día 23 de marzo comenzó el operativo retorno. Subieron oficiales de los Estados Unidos, y nos hicieron Migraciones arriba del Crucero. De ahí derecho a un colectivo que nos esperaba en el muelle. La caravana de colectivos con pasajeros fue escoltada con custodia policial. Me sentí como los jugadores de Boca cuando estaban llegando a la cancha de River, en aquella final frustrada. Solo faltaron los piedrazos, que por cierto los habían tirado un par de días antes cuando se enteraron que llegábamos. Los lugareños ya habían protestado contra nuestro desembarco, así que los ánimos estaban caldeados. Llegamos al Aeropuerto por el patio trasero, a punto tal que no hubo check in y nos revisaron los bolsos al pie del avión. Todo muy extraño, y de manera clandestina. El avión despegó desde una pista alternativa, sin que jamás hayamos pasado por las salas habituales que tienen los aeropuertos.

Transpirados…
Cinco horas después, llegamos al Aeropuerto de Los Angeles. Otra vez por una pista alternativa, y una vez más no pasamos por ninguna dependencia del aeropuerto. Un colectivo nos esperaba al pie del avión, y nos llevó directo hasta la terminal donde debíamos tomar nuestro vuelo. Ingresamos allí en horas de la noche, como si hubiésemos estado alojados en la ciudad y nos presentábamos para tomar nuestro vuelo. El Aeropuerto de Los Angeles es inmenso. Pero estaba desierto. Era un aeropuerto fantasma. Tuvimos casi diez horas de larga espera, porque el otro vuelo rumbo a Toronto por Air Canadá recién salía a las 7 de la mañana del 24 de marzo. Cuando nos presentamos un par de horas antes, la historia empezó a complicarse. El personal de Air Canadá no entendía por qué habíamos estado tan poco tiempo en Estados Unidos, así que empezaron a preguntar por nuestro anterior recorrido. Las fechas que figuraban en los pasaportes no les cerraban demasiado, y consultaron en Canadá si nos dejaban subir al avión. Fueron quince minutos interminables de espera, hasta que finalmente nos dieron el visto bueno. Transpirados como testigos falsos (nunca mejor dicho), finalmente pudimos subir al avión. A esta altura, vale una aclaración. Todo el mundo está psicopateado con el tema de los Cruceros y el Coronavirus. Pero la verdad es que en nuestro Crucero esta enfermedad ni se reportó. Todos estuvimos siempre en excelente estado de salud.

Subir y bajar en Canadá
El viaje desde Los Angeles a Toronto demandó otras cinco horas de vuelo. Llegamos y todo pareció estar normal. Teníamos siete horas de espera antes del vuelo que nos depositaría en Buenos Aires, previa escala en Santiago de Chile. Finalmente nos llamaron a embarque. Sólo podían subir pasajeros de Chile y Argentina, por las restricciones que impusieron debido al coronavirus. Pero justo cuando estábamos por subir al avión, anuncian que los pasajeros argentinos no podían hacerlo debido a las nuevas restricciones impuestas por el gobierno argentino. Después supimos que todo se debió a la decisión ya tomada por el gobierno argentino, de no recibir más a sus ciudadanos varados en el exterior. Increíble pero real: nuestro propio gobierno nos negaba la entrada al país. Desesperado, llamé a un amigo que tengo en Canadá, para que me diera asilo político en su casa. Por lo que se vislumbraba, íbamos a tener un largo tiempo en Canadá, sin poder volver a casa. A propósito: gracias Carlos, por el gran gesto que tuviste. En eso estaba, desesperado y angustiado, cuando por altoparlante piden que se presente en Air Canadá la familia González por tres. Eramos nosotros. Fui corriendo al mostrador, y ahí me dijeron que existía la posibilidad de que subiéramos a otro avión que en quince minutos partía rumbo a San Pablo (Brasil), con conexión luego a Buenos Aires. La condición era que nos íbamos sin nuestras valijas, porque ya no había tiempo de cambiarlas de avión. Los argentinos varados en Toronto éramos treinta, y solo había siete lugares en el vuelo. Según parece nos eligieron porque éramos familia, y con una menor de edad. Aceptamos las condiciones de viajar con lo puesto, y corrimos para no perder el vuelo. Subimos al avión, cerraron la puerta y despegamos. Fue otro escape de película: hoy todavía hubiésemos estado en Canadá, como aún lo están los otros argentinos varados…

En la puerta de casa
A esa altura yo me preguntaba qué más podía sucedernos? ¿Habría nuevas sorpresas en Brasil? Rogaba que no, pero sí las habría.... Nueve horas después de haber despegado llegamos a San Pablo. Bajamos del avión para tomar la conexión a Buenos Aires, y entonces apareció el cartelito fatídico: personal de Brasil nos hizo desviar hacia la zona de migraciones, ya que todos los vuelos a Buenos Aires estaban cancelados por decisión del gobierno argentino. Los oficiales de allí empezaron a preguntar nuevamente sobre el viaje, y ya no hubo más remedio que blanquear lo del crucero. Nos quitaron los pasaportes y los pasajes, y nos mandaron a esperar en otro lugar. Fue una hora interminable, donde los brasileños deliberaron sobre qué hacer con nosotros. No podíamos seguir viaje a Buenos Aires porque habían cancelado el vuelo, ¿pero permitían que entrásemos a Brasil? ¿O nos dejaban detenidos en el Aeropuerto? Finalmente alguien se apiadó y pudimos pasar migraciones. Igual, no era una situación sencilla: estábamos en el Aeropuerto de San Pablo, sin poder volar a la Argentina. Y allí había cientos de argentinos en la misma situación desde hace días, tirados en el aeropuerto y en las calles esperando alguna solución. Hablé telefónicamente con el Cónsul, hablé personalmente con sus enviados especiales al Aeropuerto, pero no aportaron ninguna respuesta. Tras varias horas salimos del Aeropuerto y nos alojamos en un hotel cercano, simplemente a esperar cómo seguirían los acontecimientos. Ni siquiera teníamos nuestras valijas, y mucho menos vuelo de regreso a casa.

El llamado milagroso
A las diez de la noche de aquel 25 de marzo, otro argentino del grupo me llamó por teléfono. Una persona de Air Canadá nos había enviado un mail diciendo que nos presentemos al día siguiente en Latam a las 6 de la mañana, porque nos habían reubicado en el único vuelo autorizado que ese día partía rumbo a Buenos Aires. La verdad es que mucho no lo creí, pero había que hacer el intento. Nos levantamos a las 4.30 de la madrugada, y otra vez al aeropuerto para intentar consumar el milagro. Y fue así nomás: estábamos en la lista de Latam, pese a que nuestro pasaje era con Air Canadá. Algún arreglo hicieron, y nos subieron al vuelo. Tres horas después estábamos en Ezeiza. Y aquí hay algo más para contar: nos hicieron llenar varios papeles, pero casi no hubo controles médicos. Solo nos tomaron la fiebre. Y había muy poco personal trabajando. El aeropuerto estaba desierto. Finalmente terminamos el proceso de desembarque y pudimos subir a nuestro auto (por suerte lo habíamos dejado en el Aeropuerto). Tres horas después estábamos en casa, sin ninguna de nuestras valijas y haciendo la cuarentena obligatoria, no sin antes atravesar varios controles policiales donde tuve que acreditar que recién llegaba de viaje y que no estaba violando la cuarentena.

Indignado
Recién ahora estoy un poco más tranquilo. Pero sigo indignado. Entiendo el miedo al coronavirus, pero bajo ningún concepto puedo avalar que un gobierno prohíba la entrada a sus propios ciudadanos. Es inconstitucional e inhumano. Casi diría un acto criminal. Hubiesen visto, amigos lectores, el estado en que se encuentran miles de argentinos desparramados en los aeropuertos del mundo. Expuestos al coronavirus, al hambre y a un montón de cosas más. Por supuesto que hay algunos irresponsables que se fueron de viaje aún después de que se declaró la pandemia por el coronavirus. No es ese mi caso. Junto a mi familia iniciamos este viaje el 19 de febrero, cuando aún no había un solo caso de coronavirus en la Argentina, y tampoco en los países que íbamos a visitar. Y ni bien explotó la pandemia nos quisimos volver, pero ya no pudimos. ¿Por qué entonces mi gobierno me deja abandonado, tirado en cualquier aeropuerto del mundo? No estoy pidiendo que me traigan de regreso en un vuelo de repatriados. Solo pedía que me dejen tomar el avión que pagué tres veces, y que no pude utilizar. Se alega salud pública, pero también está la salud pública de quienes no pueden volver a su patria. Es absurdo e inadmisible. Los países han cerrado sus fronteras, es cierto. Pero no a sus ciudadanos, sino a los extranjeros. En la Argentina, como siempre, queremos ser más papistas que el Papa. Jamás en mi vida voy a perdonar a un gobierno que me negó la posibilidad de ingresar junto a mi familia a mi querido país.

Miserias humanas
Por último, una reflexión sobre los numerosos idiotas que por estos días opinan en las redes sociales. Me llegaron los comentarios sobre las barbaridades que me dijeron cuando publiqué las notas anteriores. Comentarios cargados de resentimiento, de odio y de envidia. A mí nadie me regaló nada. Y no cometí ninguna irresponsabilidad. Solo me fui de viaje, cuando el coronavirus casi no existía, y luego no me dejaron volver a casa. Tampoco pedí ayuda, y mucho menos que me traigan de regreso en un vuelo de repatriados (a propósito: no son gratuitos, sino que los cobran, valen fortuna y son un gran negocio para Aerolíneas Argentinas). Solo reclamaba que dejen llegar a Ezeiza el avión por el cual yo había pagado, no una vez sino tres veces. Es cierto que el Coronavirus existe. Y es cierto que hasta que aparezca la cura solo se combate con el aislamiento y la prevención. Pero de ninguna manera esto justifica que el gobierno impida el regreso a casa a miles de compatriotas que están en el exterior. Ni siquiera a los irresponsables que viajaron cuando la pandemia ya estaba desatada. En todo caso que los dejen llegar a la Argentina, y los dejen un año en cuarentena. Pero no que los dejen abandonados hasta que algún día simplemente se mueran. Dicen que en los momentos difíciles es cuando se ve quiénes son las personas realmente valiosas. Y es así. Muchísimas gracias a los que nos estuvieron apoyando durante esta larga travesía para llegar a casa. De corazón, muchas gracias. A los otros, a los idiotas de las redes sociales, también les doy las gracias porque me están marcando el camino que no debo seguir. Son seres pobres de espíritu, mediocres, que jamás saldrán de la mediocridad…