Lo oportuno y el oportunismo, en tiempos de Coronavirus 


El discurso como la acción política no siempre logra esquivar la tentación demagógica. El mesiánico “yo les avisé” del Presidente Alberto Fernández no construye ni abre una solución para los miles de argentinas y argentinos varados en aeropuertos del mundo, en días donde el COVID19 ha puesto en pausa la globalización. Una experiencia sobre la angustia que produce no poder volver a casa cuando el mundo se ha dado vuelta. Y una reflexión acerca del poder del lenguaje para estigmatizar, convenientemente.



Por Guillermo Insúa
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En momentos de crisis también se generan oportunidades, afirma el más optimista de los axiomas. En rigor, la frase se utiliza fundamentalmente en el campo de la economía. Pero este redactor entiende que también le cabe a cada uno de los aspectos de la vida del ser humano, tanto en lo material como lo sensible.
Como en la economía, en la acción política esta máxima también tiene una fuerte aceptación. Lo interesante es reflexionar sobre lo oportuno y el oportunismo.
“Yo les avisé”, dijo Alberto Fernández esta semana, en tono mesiánico. El destrato está dirigido a los argentinos que se encuentran varados en distintos países como consecuencia del cierre de fronteras que se aplica para controlar la expansión del COVID19. Una declaración muy bien recibida por la enorme mayoría de una población aturdida por el pánico que se viraliza -en modo espectáculo- en la pantalla de cualquier canal de TV.
Señor Presidente, en su generalización usted no contempla que muchos argentinos salieron del país antes que el Covid19 copara la agenda de Gobierno y de los medios. De hecho, en los días en los que quien escribe emprendía viaje el debate público en Argentina se focalizaba en la eliminación de jubilaciones especiales para jueces y en el lockout sojero en respuesta a la suba de retenciones aplicada a la exportación del producto.
El coronavirus ni siquiera lograba imponerse al dengue. "Por ahora el dengue es más grave que el coronavirus”, decía el Presidente Alberto Fernández el 10 de marzo, esto es, diez días después de mi partida.
El COVID19, por entonces, sólo era un incipiente problema para los mercados en virtud de que las bolsas del mundo empezaban a verse afectadas por el impacto que podría sufrir la economía global si el virus se expandía más allá de las fronteras chinas para infectar la economía de otras grandes potencias.
La percepción temporal se ve distorsionada por la dinámica diaria de una pandemia que la OMS declara como tal el 11 de marzo, 24 horas después de la mencionada cita del Presidente.
Desde ese día el mundo pareciera girar más rápido, generando la sensación de que lleva meses la lucha contra el virus que se manifestara por primera vez en la remota ciudad de Wuhan.
El Gobierno que lidera Alberto Fernández ha tomado decisiones oportunas con el objeto de contener la expansión del virus. Algunas muy radicales, como la de mantener cuarentena obligatoria. Otras más asistenciales. Todo ello es positivo si nos detenemos a analizar las consecuencias desatadas por las tardías respuestas de gobiernos como los de Italia, España, Estados Unidos, Brasil y algunos otros.
El manejo de la crisis por parte de las autoridades de este país goza de amplia aceptación en la población. La capacidad de reacción (y acción) del Gobierno nacional es bien valorada. También suma el contraste que surge si ejercitamos la imaginación implantando el COVID19 hace tan solo un año atrás. Es contra fáctico, si, pero igual tratemos de imaginar el impacto local que podría tener esta misma pandemia en tiempos macristas, donde el Estado se achicaba al mínimo, la salud se desfinanciaba al máximo y se insistía en la sublimación meritocrática del sálvese usted mismo. A ello, agreguémosle la demostrada falta de empatía del gobierno anterior hacia todo lo ajeno a «los mercados» y la manifiesta incapacidad de resolver problemas, sin importar el tamaño que tuvieran.

Una de miles de historias
Las generalizaciones son siempre injustas, Señor Presidente. En su “yo les avisé” está incluyendo a miles de argentinos que salieron del país mucho antes de que usted relegara el COVID19 detrás del dengue.
Resumiré mi propia historia, que es la de muchos otros argentinos que no podían (y aún no pueden) regresar a su tierra en momentos de angustia e incertidumbre global. Una experiencia particular, como cada una de las historias de las y los argentinos que se encuentran varados lejos de sus afectos. Compatriotas que -desde hace pocas horas- al menos tienen una certeza: el Gobierno no los va a ir a buscar.
El último día de febrero comenzaba mi viaje, que concluiría el 21 de marzo con el arribo al país. Hasta que la pandemia todo lo modificó.
El 17 de marzo, a 9.000 kms del hogar, se cerraban las fronteras y se declaraba la cuarentena obligatoria en un país que me tenía de visitante. Se cancelaban vuelos y se oficializaba el cierre del espacio aéreo a partir del 22, lo cual implicaba no sólo que no aterrizarían sino que tampoco despegarían más aviones. La medida se anunció con vigencia hasta el 21 de abril, con posibilidad de prolongarse.
De a miles, los visitantes de ese país nos concentramos en los aeropuertos en busca de adelantar el vuelo de regreso. La misma escena se replicaba en otros países.
Las compañías aéreas, en su mayoría, aseguraban estar colapsadas por la demanda. En rigor, lo que no pretendían era llevar pasajeros a sus países de origen en virtud de que ese mismo avión debía regresar vacío. El colapso no era por la demanda sino por las finanzas de la empresa.
Durante esos tres largos días, las compañías aéreas mostraron una insensibilidad indignante. Mientras los llantos y gritos de los pasajeros varados se reproducían con cada nueva amenaza de cierre total, las aerolíneas sólo ofrecían vuelos con conexiones a países que también habían cerrado sus fronteras. Es decir, buscaban quitarse de encima a «los varados» confinándolos a la misma situación en otro país, sin posibilidad de salida. En la desesperación hubo quienes tomaron vuelos a esos países con tal de estar más cerca de casa.
Durante esas 72 horas, la angustia propia y la de familiares cuarentenados en Argentina se reproducía como el COVID19.
Dormir en el piso de los aeropuertos era una necesidad. Los hoteles ya no podían recibir pasajeros sin reserva previa. Además, el que dejaba el aeropuerto no sólo se exponía a la creciente xenofobia policial sino que podía perder la chance de encontrar una ruta de salida. De regreso a la Patria, mejor dicho.
Las compañías aéreas programaban vuelos y confirmaban check in para servicios que se cancelaban una hora después. Tres días así. Incluso, hicieron descender de una nave a todo el pasaje que durante una hora esperó en su butaca el anuncio de despegue.El desconsuelo era inmanejable para la gran mayoría de los varados.
Las versiones que circulaban no hacían otra cosa que potenciar la incertidumbre. Muy lejos, nuestros familiares se angustiaban en igual proporción.Los vuelos de repatriación (cancelados el miércoles de esta semana) sólo se instrumentaron en unos pocos países. Muchos debimos comprar un nuevo boleto para salir de una ciudad que no ofrecía demasiadas posibilidades. Había que llegar a la capital, y allí ver qué chance se podía presentar.
A las 18:30 del 21 de marzo consigo un boleto de regreso directo a Ezeiza para el día siguiente, última oportunidad de retorno antes del cierre del espacio aéreo. Nada para celebrar, porque por entonces a cada vuelo confirmado le seguía la cancelación del mismo.
Tuve la fortuna de que ese avión finalmente despegó. Ya en el cielo, el desahogo tronó en más gritos y más llantos, esta vez de felicidad. Las emotivas palabras del Capitán de la nave desanudaron las gargantas y humedecieron los barbijos. Había ganas de abrazar a cada uno de los tripulantes voluntarios, aunque fuera con abrazos de codos.
Muchos otros no tuvieron esa suerte, y siguen sin poder regresar a su país.
Por eso, Señor Presidente, su generalización manifiesta en el “yo les avisé” no tiene en cuenta a quienes dejaron el país cuando el COVID19 no era su principal preocupación. Tampoco toma nota del sufrimiento de quienes durante días estuvieron (y aún están) lejos de la familia, angustiados, expuestos al contagio, sin dinero y sin certidumbre de regreso mientras el mundo parece derrumbarse.
La estigmatización de irresponsable que se desprende en su “yo les avisé” es, en principio, injusta. La prioridad es, como usted dijo, asistir a los sectores vulnerables. Y quienes no pueden regresar a casa también deben ser considerados vulnerables. Entre ellos hay miles de adultos mayores además de niños, confinados a convivir en el mismo sitio donde el virus tiene grandes chances de ser contagiado. Se dice que el COVID19 viaja en avión. Ergo, los aeropuertos son un foco de contagio masivo.
Mientras cumplo el tercer día de cuarentena en casa, reflexionaba acerca del poder de las palabras que utilizamos en la construcción de sentido. Poder capaz de condenar como de absolver, oportunamente. Lo que molesta es el oportunismo. No caiga en esa tentación, Presidente.