Historia de dos hombres 


Era el mejor y el peor de todos los tiempos. Un virus, una pandemia tomaba al mundo y estar en casa era el modo de combatirlo. Esta es una historia que transcurre en ese tiempo y en ese mundo, que toma a dos hombres que vivían en departamentos amoblados, como protagonistas.


Por Carmen Padilla

Era el mejor y el peor de todos los tiempos. Un virus, una pandemia tomaba al mundo y estar en casa era el modo de combatirlo. Esta es una historia que transcurre en ese tiempo y en ese mundo, que toma a dos hombres que vivían en departamentos amoblados, como protagonistas. El primero se llama Norberto y vive en el 4º C. Tiene apariencia modesta y un poco adusta. Su departamento tiene los muebles necesarios que evitan el vacío: una cama, un sillón y una mesa con algunas sillas diseminadas por ahí, que a veces cumplen otras funciones. No es muy creyente y teme todo aquello que no puede entender en el resto de las personas. La mirada esquiva, las repeticiones forzadas en el discurso, y las manos inquietas de movimientos espasmódicos, también son motivo de su rechazo.Vive muy a gusto en su casa, y ama estar adentro. Leyendo libros y pantallas no le hace falta más. Trabaja en una oficina, pero realmente nadie sabe bien qué hace, porque cuando trabaja, se la pasa yendo y viniendo por la ciudad.El segundo hombre es Ubaldo y vive en el 5.º C, justo encima de Norberto. Ubaldo no es consciente, pero, todos los días, pisa las ideas de Norberto. No tiene intenciones abolicionistas pero lo hace. Camina encima de sus hombros, se sienta en su cabeza y al dormir, también oprime la atmósfera desde el techo, al cuerpo de Norberto en el colchón. La relación opresora e inconsciente es lo único que los une.
Por su lado, Ubaldo es un hombre delicado, de manos suaves, que cuida su apariencia dosificando la propia naturaleza humana, mediante cortes de cabello mensuales, limado de asperezas y depilaciones varias. El contraturno los hace vivir el mismo edificio como si fueren realidades o dimensiones paralelas. Que en algún punto lo son. Uno sabe de la existencia del otro solo por la sospecha que generan los indicios sonoros de la ocupación habitacional, que cada uno ejerce cuando coinciden en sus casas.Es gracioso que desconozcan el hecho de que cada vez que coinciden en sus departamentos, también lo hacen en el café, negro y sin azúcar; en la lectura en el living y que coordinadamente van al baño con la puerta abierta. Como autómatas repiten sus rutinas, propias y ajenas a la vez coincidiendo coreográficamente en el error de la cotidianeidad. Las arquitecturas departamentales siempre fueron un espacio de intriga para mí (y si además de contarles sobre Ubaldo y Norberto, me presento: soy la letra en off). ¿Será que los espacios tan iguales, con igual disposición de habitaciones, mismos sanitarios, mosaiquería y tipo de ventanas que regulan semejantes caudales de luz y brisa, determinan una regularidad en las costumbres de sus habitantes? Si el peso de la cultura de cada lugar moldea muchas de las costumbres de su pueblo, es probable que los departamentos ordenen las prácticas de sus habitantes, orientadas en la geometría de sus metros cuadrados.
Norberto, que antes de la cuarentena trabajaba de día en oficinas como administrativo, es un hombre solo, no tiene a nadie en el mundo aparte de sus retóricas. Es un hombre meditabundo que de un tiempo a esta parte vive con estas preguntas que, si las describiese, diría que son personajes sombríos que viven en su casa junto a él y que como tienen clavos en la retaguardia, no ha logrado que abandonen las sillas que tomaron. El conoce dos, visten de largo, parecen mujeres, y son hábiles con el tejido. Una de ellas trajo consigo muchísimo hilo que ocupó todo el espacio del modo en que lo hacen las retóricas, es decir, metafóricamente. Le habla permanentemente y a él se le abren muchas pestañas nuevas en su pantalla de pensamientos, pero no le responde jamás porque le teme a las contestaciones.Más tarde llegó la otra retórica, que parece menor, tiene una voz dulce, pero dice cosas espantosas y habla pausado demorándose en las vocales como si le hiciera falta para ser clara. Arremolina los miedos de Norberto entre sus harapos y los pasea sugerentemente. A veces toma de los hilos que ocupan el espacio e hila hasta el infinito. Él las oye bastante, a veces se desvela y a veces se logra dormir.Ubaldo, por su parte, sigue trabajando el turno noche en una casa velatoria, ahora lo hace con mayores cuidados, para prevenir el contagio, y con menos rigidez horaria ante la ausencia de velorios, práctica suspendida hasta el fin de las hostilidades. En la morgue, mientras lo tiñe la luz fría del tubo fluorescente, ordena los utensilios que lo ayudarán a preparar el cuerpo del próximo servicio. No sabe si disfruta su trabajo, pero le aquieta el alma recibir carne tiesa y devolverlos como personas durmientes. Lava los cuerpos, rellena sus orificios, sutura sus bocas y cierra los ojos apagados con un alto grado de expertiz. La tanatopraxia en esencia es la represión de los procesos naturales. Se batalla contra las variables de los tiempos de proliferación biológica, con recursos domesticantes y opresores, que no siempre resultan, pero como Ubaldo además es un esteta, nunca nadie nota que él estuvo allí. Su departamento es silencioso, un poco porque vive solo, otro porque se mueve como deslizándose en el espacio y además porque su cabeza es así de silenciosa. No sufre, no goza, no duda; solamente funciona.
Al finalizar la jornada diaria, de un día tan diferente como todos los que se sucedieron en este 2020, mientras Norberto se estaba por despertar y Ubaldo se preparaba para acostarse, en el encuentro de esta relación simétricamente axial, apenas separados por el suelo cielorraso, sucedió algo. Norberto quizás cansado de las retóricas, o de la opresión, decidió renunciar rotundamente a los despertares. Dejó que el cuerpo de Ubaldo se acostara una vez más sobre las atmósferas de su habitación y no despertó. Poco se sabe de cómo se supo de su deceso, pero llegado el mediodía, Norberto, que ya no era Norberto, viajaba directo a la casa velatoria donde trabajaba Ubaldo. Más tarde, Ubaldo inicia la jornada como todas y cada una con el despliegue de utensilios, y se para frente a lo que queda de Norberto, sin saber quién fue. Ignorando su vecindad, la opresión y también sus retóricas. Prepara las torundas de algodón y cierra sus orificios, sus labios y coloca los cubreojos encima de las corneas nubladas por la insistencia de las preguntas. Y en ese instante una incógnita se formula en su cabeza.Levanta la vista, descansa sus ojos en el vacío que se interpone entre los azulejos de la pared y él; y se pregunta. La pregunta fue como un despertar místico, una revelación, un sabor jamás antes degustado. Un rayo de asalto.Termina un día más, se dirige a su departamento dispuesto a acostarse y lo hace, pero no se duerme, y mientras su cabeza le habla en un idioma que desconocía, sus manos arremolinan los bordes de la sábana.