“El regreso a la escuela: recuperar la educación”, por Jorge Noro 


“Debemos abandonar el encierro, salir del sitio protector que nos tiene resguardados y seguros: superar el síndrome de la cabaña en el medio de la montaña y aislados. Ese encierro es protector, pero es peligroso, porque nos construye un mundo de fantasía, un mundo en donde todo puede funcionar sin riesgos y sin peligros, y puede terminar por crear una burbuja, una entelequia social engañosa y perversa”, consideró el especialista de nuestra ciudad.


EL NORTE consultó al Prof. Dr. Jorge Eduardo Noro sobre su mirada de la educación en contexto de pandemia, la evaluación de estos meses de saberes, virtualidad y distancia y su opinión sobre la vuelta a la presencialidad en este momento con algunas actividades.“Finalmente, cuando ya no queda casi nada que no haya regresado legalmente, o por izquierda, a la normalidad del pasado, las escuelas se reabren y las clases presenciales retornan. Casi por cansancio o por vergüenza porque han ido regresando muchísimas actividades muchos más riesgosas que el ingreso a la escuela o a las aulas. Ya no tiene sentido discutirlo, aunque en los hechos, el retorno (o no) de directivos, docentes y alumnos sigue dependiendo de eufemismos y declaraciones de ministros y técnicos que siguen dando vueltas para ocultar la imposibilidad de manejar lo que ha sucedido este año en materia de educación. Los discursos contradictorios que hemos escuchado durante todos estos meses dan muestra de la perplejidad reinante. Este ha sido un año perdido para la educación, un año que deberemos saltar, aunque es probable que, en las cuentas finales, haya una serie de aprendizajes que no pueden ser atribuidos a los formatos y prescripciones de la educación formal, sino a esos crecimientos que se producen porque la vida, las circunstancias y las situaciones inesperadas son las que nos obligan a procesar las mejores lecciones”, analizó.
El especialista en educación destacó: “El esfuerzo y el trabajo de la mayoría de los docentes ha sido impecable. Con vigilancia externa o por propio convencimiento: dejaron lo mejor de sí desde mediados de marzo y siguieron con sus actividades luchando y enfrentando las condiciones más adversas. También es valiosa la respuesta de muchos de los alumnos que, con un contexto y un respaldo familiar favorable, pudieron hacerse cargo de las propuestas que fueron recibiendo y construyeron una normalidad de emergencia en la intimidad de cada hogar”.

“Misión cumplida, a volver a clase”
Noro notó que “la educación fue uno de los servicios esenciales (a menos así todos la proclaman) a quien se le pidió que se la practicara en la intimidad y el silencio”. “Pero la educación no se puede –en los niveles obligatorios, con niños y adolescentes acostumbrados a la escuela, las aulas, los horarios, los compañeros y los maestros– manejarse solamente con pantalla y a distancia. Para que haya educación se necesita encuentro, presencia, voz, mirada, el cuerpo entero (y no solo lo que el Zoom nos regala), la participación, el acompañamiento, la complicidad, detectar las dificultades y acompañar las situaciones personales. Todo eso solamente se da de manera presencial, en la escuela: tal vez no sea ya el mejor lugar, pero sigue siendo el lugar que socialmente disponemos. Solamente allí los alumnos conocen y se encuentran con sus docentes, comparten la vida con sus compañeros, hacen dialogar las materias y las obligaciones con las múltiples dimensiones de la vida que es mucho más amplia y generosa”, observó.
“Regreso real y regreso simbólico, abriendo las puertas y devolviéndole vida a las instituciones. Ir a la escuela significa –desde los 4 años a los 17– salir de casa, abandonar el nido y la familia, prepararse, habituarse a concurrir, encontrarse con otros, disponer de un horario con cierta formalidad para ocuparse de la propia formación. Ese ir y regresar es un periplo necesario para el crecimiento. Lo que se ha hecho durante este año ha sido transmitir las porciones de cultura que está establecidas por los diseños curriculares. Los docentes, con los medios disponibles, ‘enseñaron’, es decir mostraron, exhibieron, ofrecieron temas, trabajos, contenidos, propuestas para que los alumnos se apropiaran de ellos. No pudieron hacerse cargo de los aprendizajes, no hay forma de asegurar si efectivamente todos sus alumnos, tras las diversas pantallas, pudieron acceder a los mundos y horizontes a donde cada uno de los encuentros lo conducían. Misión cumplida. Mucho más no se pudo hacer: ahora regresemos, es tiempo de volver a clase, y de cerrar los circuitos de aprendizaje y acreditación”, manifestó.
El docente de la UTN y de seminarios de doctorado en varias universidades señaló que “por supuesto que ese regreso es más urgente y debió hacerse hace meses con aquellos sectores desprotegidos y empobrecidos, que nunca estuvieron en cuarentena y que debieron tener una propuesta educativa escolarizada como una forma de control social y de resguardo”. “Esos sectores son más vulnerables y excluidos que nunca, aunque los informes oficiales y las estadísticas no terminan de revelarnos cuántos son. Todos ellos se han perdido un nuevo año de los muchos que ya llevan perdidos porque la brecha es insalvable: debieron tener un protocolo que los contuviera y los tuviera –al menos en este momento– como los privilegiados a quienes se les permitía recuperar la distancia que los separa del resto”, agregó.

Docentes, derechos y lecciones
“¿Hay amenazas en el regreso? ¿Es peligroso volver a la escuela? Las amenazas y los peligros que la mayoría de los niños y adolescentes tienen cuando desde hace más de dos meses abandonaron su casa y deambulan libre por las calles de las ciudades. Porque muchos de ellos, respondieron con encuentros clandestinos a la prohibición de reunirse con sus compañeros adolescentes. La responsabilidad del contagio no será ya del ministro, el inspector, el director o el profesor: la sociedad –descontrolada– es la que contagia, también en la escuela, aunque no solo en ella. Pero, además, debemos abandonar el encierro, salir del sitio protector que nos tiene resguardados y seguros: superar el síndrome de la cabaña en el medio de la montaña y aislados. Ese encierro es protector, pero es peligroso, porque nos construye un mundo de fantasía, un mundo en donde todo puede funcionar sin riesgos y sin peligros, y puede terminar por crear una burbuja, una entelequia social engañosa y perversa”, consideró. Para Noro, “esos maestros solitarios y conectados a través de WhatsApp y redes sociales con sus colegas, aislados y trabajando desde sus hogares no pudieron unirse para reclamar, para exigir, para ejercer sus derechos”. “Necesitan volver a la escuela para hacer oír su voz, la voz asociada de todos. Encerrados son mucho menos: es el encuentro con los otros lo que equilibra los reclamos y les da cuerpo. No tuvieron ninguna representación que hablara por ellos, porque el virus tuvo un efecto mágico, ya que acalló la voz de los gremios y no hubo solidaridad y acompañamiento para tantos educadores que trabajaron por el mismo sueldo, pero en condiciones laborales que no son las acordadas. Esos docentes encerrados y trabajando crean un tipo de trabajo alienante y reclaman una presencia militante para que se respeten sus derechos: a disponer de su tiempo personal y familiar, a la intimidad, a los recursos para trabajar, a cubrir los gastos que implica este nuevo formato”, marcó.“Tal vez podamos sacar varias lecciones de esto que nos ha sucedido y que puede replicarse: primero, que la escuela debe tener muchos planes y formatos alternativos: no se trata solamente de cerrarlas, sino de saber –pensándolo seriamente– con qué estrategia las suplantamos. Segundo, hemos descubierto el valor de los recursos tecnológicos, algo que ni siquiera en tiempo del gran reparto de netbooks en todas las escuelas públicas se hizo, aunque bien pudo haberse hecho: saber que los docentes y los alumnos podían interactuar en tiempos que no son los escolares para acompañar y reforzar la educación presencial. Tercero, revisar los formatos laborales de los docentes y sus derechos, porque aquí hay exigencias de otros saberes y equipamientos, y tiempo laboral que debe ser debidamente reconocido y retribuido para que la educación mejore su ejercicio y la calidad de sus egresados. El virus que llegó de la China con un movimiento minúsculo (aleteo de una mariposa) produjo la mayor revolución de nuestro tiempo: no dejó casi nada en pie. Esperemos que esta experiencia única y dolorosa que en más o en menos nos ha afectado a todos, nos ayude a procesar todo esto como una gran lección, para que no nos vuelva a sorprender desprotegidos y a la intemperie”, concluyó.