Amor en trueque


Y un día volvió el FMI, con su canto de sirenas y su fanfarria de macho cabrío, a repartirnos espejitos de colores que pagaremos muy caro, volvieron a llenarse los comedores comunitarios y como no podía fallar volvió el trueque. Esa milenaria arte que dio comienzo al comercio en la época de las cavernas regresó a esta patria que en cualquier momento se reencontrará con los simpáticos Patacones de seguir así.

Germán Rodríguez
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El proyecto del negocio no había sido lo que esperaba. Años ahorrando, pensando que hacer, que poner, que sacar, como atraer a la gente, que ofrecer, para que en pocos meses todo caiga como castillo de naipes y la vida se reinicie con poco crédito. Al principio fue cambiar plata nomás, con los costos de la habilitación, el alquiler, los impuestos y un boleta de luz que se antojaba degenerada. La crisis, que no mostraba signos de mejora, desnudaba calles vacías y clientes que solo buscaban cigarrillos sueltos y cargas para celular, que ya la venden hasta las farmacias. El bolichito estaba muy lindo pero no daba para más y el golpe de gracia vino esa noche, porque para que un kiosco medianamente subsista hay que tenerlo abierto hasta bien tarde, feriados y domingos inclusive, cuando aparecieron los dos flacos de gorrita y le pelaron un caño obligándolo a darle lo poco que tenía. No conformes se llevaron la computadora, mercadería y le metieron una trompada de puro malditos. El sueño del kiosco en pleno centro murió con una liquidación y una cartel de se alquila que se sumó a una larga lista de comercios que siguen cerrando sin miras a la tan renombrada reactivación.

Morir un poco
Así que ahí esta él, con lo poco que le había quedado del negocio, en su puestito del club del trueque, en la Parroquia de barrio Oeste, que él conocía de la crisis del 2001 cuando acompañaba a su padre y ahora se volvía con todo. El bullicio en el salón era infernal, él se refugiaba en su tristeza de sueños quebrados y sin espacios para nuevos, cuando la vio. Morocha de ojos grandes, negros, sonrisa enorme y charlatana. La piba ofrecía en el trueque gorritos de lana que ella misma hacia y en una silla tenía algunas bandejitas de verduras y milanesas que ya había canjeado. Él se enamoró casi por arte de magia, hizo un trueque de amargura económica, por la sonrisa más linda del mundo y se quedó embobado mirándola. A su lado escuchó a una señora que lloraba mientras que otra vecina la palmeaba y de a ratos la abrazaba “Te juro que es como un puñal, me siento el peor fracaso de madre, yo no quería esto para mi vida. Te juro que antes me decía que si tenía que mandar a mis hijos a comer a un comedor comunitario, me mataba y hora hago eso. Mis criaturas viviendo de la caridad.
Fracasé, no hay peor fracaso, no puedo alimentar a mis hijos. Estoy muerta en vida” repetía la señora en su monologo amargo. Otra mujer le contestó: “no te pongas así, todas mandamos a los chicos al comedor. No tiene nada de malo” “Es mi fracaso, si no puedo darles de comer yo, es mi fracaso. Y el padre hace lo que puede pobre, apenas podemos mantenernos en pie. Ya no hay changas en ningún lado, la calle esta muerta. Te juro que nosotros no comemos siquiera, lo poco que tenemos se lo damos a las criaturas pero no alcanza, no alcanza” repitió entre sollozos.

Soñarte
La flaca del gorrito seguía sonriente. Invitaba a los curiosos a probarse su producto, se los ponía en la cabeza de prepo y les decía que les quedaba divino. Un señor le cambió al pibe un paquete de masitas por un destapador con forma de botella, que tenia de una promoción del mundial, y lo agarró de buena gana porque le pintó el hambre de tanto escuchar como hablaban de comida. Atrás de otro tablón había un viejito con un cartel donde se ofrecía para hacer trabajos de electricidad. El tipo te cambiaba un sándwich por una instalación domiciliaria. En otro tablón había una señora regordeta con la mesa llena de tortas fritas y bolitas de fraile y lo que ella buscaba era ropa en realidad. Los billetitos del trueque, la nueva plata de este milenio, se amontonaba en los bolsillos mientras la gente recorría los stands como si estuviera en un shopping (como decía la nota que salió en El Norte) Trueque “Te cambio mi tristeza de horas tiradas detrás de la vidriera, te cambio los sueños errados que se fueron forjando de idealismo y se estrujaron con la realidad, te cambio mis pensamientos de que el mundo tiende a ser un lugar para todos, te cambio mis eternas lecturas de bohemia alimentada de rock ochentoso por tu sonrisa gigante” le dijo, a la piba de gorro rojo que le devolvió un brillo de dientes blancos y labios gigantes. El flaco cambio poesía por poesía y se quedó al lado de la chica que no le paró de hablar.