La mujer como eje de la sabiduría


Maestra de profesión, estudió en el Normal de San Nicolás antes de emprender el viaje Amunche. Trabajó en distintas escuelas y hogares municipales de la región, donde incorporó una mirada personal en la interpretación de la realidad al otro lado de la esquina. Recorriendo los barrios nicoleños fue construyendo una visión propia sobre la educación, plasmada hoy, en retratos y paisajes que viajan a través del continente.


Manuela Fernández Nessi
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El viaje comenzó en el año 2003, con un destino concreto… Alaska. Motivada por su experiencia social, Patricia levantó vuelo por las tierras de américa latina junto a su compañero Germán de Córdoba, el chofer, como se autodefine. El camino se haría al andar y, tras 16 años, el rumbo trazaría sus propias líneas en un mapa que, más tarde, la vería llegar a Inti, la pequeña pasajera.
Las imágenes captadas por el ojo Amunche atesoran un contenido extraordinario. “Con la fotografía busco transmitir la realidad, hago un trabajo documental. La estética no es lo que me motiva, si bien me gusta, apunto mis sentidos a encontrar el instante decisivo y registrarlo” cuenta la maestra nicoleña, en la entrevista que le concediera a EL NORTE.
“Descubrí en la fotografía una manera de expresar mi visión sobre los sectores más vulnerables. El trabajo en los hogares municipales me marcó, encontré en este oficio la forma de compartir la realidad tal cual la veo. Cruda por momentos y a veces, maravillosa. Me atrae capturar el proceso de resistencia que construyen las culturas originarias para seguir existiendo, a pesar de los factores negativos. Es asombroso”.
El registro fotográfico que la familia cruza de una frontera a otra es trabajo antropológico, sin dudas. Exquisito por donde se lo mire, este viaje transporta cultura, educación y arte. Alimentados por el deseo de saber qué había más allá de San Nicolás, descubrieron pequeños poblados, comunidades originarias y un profundo interés por las culturas foráneas. Así nace este proyecto, Amunches, palabra de origen mapuche que significa viajeros. ´Amu´ equivale andar y ´Che´ a hombre.

La metodología
Las escuelitas de la frontera con Bolivia, en sus primeros pasos, fueron cuna de este esquema que atravesaría el continente. Los destinos turísticos no eran de interés. El foco estaba en los pueblos anónimos. “Cuando estas viajando ves una solidaridad desinteresada hacia uno, entonces el contacto con las escuelas surgió a partir de esto. De la posibilidad de brindar charlas a los chicos y adultos, a modo de agradecimiento, de devolver algo”, cuenta Germán.
Las charlas gratuitas y esporádicas se convirtieron en un plan que, más adelante, desembarcaría en escuelas privadas y universidades, abriendo así las puertas a la sustentabilidad. Uno de los mayores miedos y retos a la hora de pensar el viajar como una forma de vida.
Darle forma al sueño de viajar, les llevó un tiempo. El deseo pudo más y finalmente embarcaron. “Nunca paramos de construir, con la sensación de estar siempre llegando a un nuevo lugar” relata Patricia, quien comenzó sus retratos con una cámara analógica, haciendo cuentas diarias para no desperdiciar los preciados rollos. Escaneaba las imágenes en algún diario amigo y enviaba a otros para publicarlas. En Panamá, la empresa Sony mostró interés en su trabajo y así lograron un patrocinio. De esa manera comenzaba esta historia que puede verla capturar sensaciones en cualquier lugar inhóspito del mundo.

Una identidad educativa
Una vez en Alaska, el sueño no paró, más bien se profundizó. Inti, a punto de llegar. El bus escolar o la casa que se mueve, como le gusta llamarle a ella, cerró el perfil de vida de los Amunches. Una casa andante, amigable con el medioambiente, que va trasladando enseñanza de un pueblo a otro.
“En las charlas, nos presentamos y relatamos un cuento. Hablamos de nuestro sueño: recorrer el continente para conocer las diferentes personas que lo habitan. Como, entonces, nos compramos una camioneta y cruzamos a Bolivia. Les contamos de los Uros, que viven en el lago Titicaca, sobre sus casitas flotantes y les preguntamos a los chicos qué se imaginan que hay dentro” describe Patricia, emocionada. “Es interesante ver las distintas respuestas, sobre todo de los chicos que tienen muchos recursos, empiezan a introducir cantidad de cosas dentro, cuando terminan les preguntamos qué pasaría con la casita tan llena… se hunde”. Así comienza una charla sobre los valores y vivir con poco. Para los Uros las cosas materiales no tienen importancia alguna y ese mensaje se transmite. “La felicidad no está en tener muchas cosas” retoma Patricia, “hablamos de todo lo aprendido en convivencia con los pueblos originarios y lo transmitimos, tratando de hacerlos experimentar mediante los cuentos. Para un chico de ciudad ver cómo vive un niño en un desierto o una montaña, es fascinante”.
Estas experiencias que relatan, las viven con intensidad. No visitan otras comunidades, conviven con ellos el tiempo que sea necesario, logrando una integración que los haga sentir cómodos. “En el desierto de la Guajira, Colombia, la comunidad encuentra agua siguiendo a la mujer más anciana del clan. Ella tiene un sueño y guía la búsqueda. Su pueblo nómade, deja todo para seguirla. Nosotros… ¿Somos capaces de dejar todo por un sueño?” .

Maternidad
Alejada de muchos miedos, Patricia cuenta que vivió un embarazo muy saludable. “Todo fue positivo en el viaje, hasta lo negativo, porque no enseñar esto a nuestra hija” expresa la entrevistada. “Si uno no es feliz, por más que tengas un montón de cosas, tu hijo no va a ser feliz. En cambio, si haces lo que te gusta, y sos alegre, tu hijo va a estar bien. Es nuestra manera de transmtir lo aprendido” afirma Patricia Fehr.
Por su parte, Germán agrega: “Hubo momentos difíciles, pero como todo proceso en la vida, nada es permanente. Los traspasamos, sacamos provecho, sin paralizarnos. Los miedos se trabajan. Intentamos no gastar energía en lo que podría llegar a pasar, o en buscar una falsa seguridad”. Y mamá Amunche subraya: “Una vez que vimos a Inti, entendimos lo que es ser padres, aparecieron algunos temores, pero también la ansiedad por volver al camino”.
Inti aprendió a ser flexible y adaptarse a los cambios, algo fundamental hoy en día. Habla inglés a la perfección y cursa cuarto grado a distancia, con título oficial. Además, disfruta de conocer gente nueva todo el tiempo, empapada de culturas le gusta pintar retratos. Sus padres pueden estar presentes y vivir muchas experiencias juntos, conectados con la realidad y desenchufados de la red. Descubriendo el mundo.

Irene y el rol de la mujer
La fotógrafa autodidacta reconoce estar impactada con la historia de Irene, una mujer de México. Existe un ritual que evoca a la fertilidad, a la lluvia, que consiste en cuatro hombres que suben a un palo de 50 metros.
Previamente lo buscan, cortan y clavan en un lugar de adoración. Suben al tronco de pino y el guía toca un instrumento musical. Estos cuatro hombres-pájaros trepan y atan una soga que de a poco desenroscan y así bajan volando hasta pisar la tierra. “Es alucinante”, expresa la viajera. Esta antigua danza religiosa suplica fertilidad y era exclusivamente masculina. Hoy es el sueño de Irene, mujer, indígena y voladora de Cuetzalán que lucha por mantener viva las tradiciones ancestrales de su pueblo, volando como un ave.
Representa para Patricia a la mujer adueñándose de otros espacios, como transmisora de cultura.
“En una charla universitaria, nos hicieron una pregunta: ‘¿Qué cosas parecidas encontrábamos a lo largo del viaje?’. Algo que uniera. Con certeza, es la mujer. La mujer como eje de la sabiduría. Gracias a ella, no se pierde la riqueza cultural. Eso vimos a lo largo de los pueblos originarios. La importancia como emisora del arte, del tejido, del bordado o la comida… de tanto conocimiento ancestral. El hombre salió a trabajar, a intercambiar. Dejó su ropa, se vistió diferente y la mujer quedó en el hogar. Cuidando lo más preciado que tenían. No lo veo como algo agresivo, sino como guardiana de grandes valores.
Irene rompió las reglas, tuvo dos hijas, que también están volando”, finaliza Patricia. “No es una apología de quedarse en casa a cuidar hijos, sino resignificar, dar el verdadero valor que tiene el nido, como lo es también, ser mamá”.