Entre inflación y vacaciones, a bajarse los calzones


El sistema, esa maquinaria infinita e inimaginable que los hombres fueron aceitando durante miles de años para que los poderosos puedan aprovechar de mejor manera la productividad del resto de los infortunados mortales, fraccionó una pequeña porción del año para que el mal llamado trabajador pueda descansar unos pocos días y vuelva a su labor más productivo. Ahora sin plata no hay vacaciones que alcancen, papá.


Germán Rodríguez
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Cansado, con la cara larga, las ojeras que le llegan al piso, una depresión inflada de inflación que hace que ir al supermercado semana tras semana sea la cuenta regresiva del fallecimiento de la billetera, el hombre se acercó a la modesta agencia de viajes, con la ilusión de que algún pequeño destino lo aleje, aunque sea un par de días, de la devastadora rutina y le permitan descansar con su familia, si es que alguien descansa con su familia. Dos semanitas de vacaciones, esa limosna que nos da la vida sacándonos cual pieza del engranaje y que nos permite retomar fuerzas y volver con aún más ímpetu y productividad en el afán de que los grandes empresarios ganen más dinero. Aunque son pocos los patrones que gustan de dar vacaciones al personal, los estudios indican que con dos semanitas el negro queda contento y trabaja con más ganas o algo así.
Con la pesada carga de no tener un mango, el hombre se sentó frente al agenciero y pidió un destino baratito, algo que se pueda con la “jermu” y los chicos. “A ver... sí, Mar del Plata, seis días, siete noche, media pensión, hotel tres estrellas, a cinco cuadras de la Bristol, sería esto…” y le acercó la planilla calentita, recién sacada de la impresora, con los números que el tipo no podía alcanzar.
Con cara de perrito mojado, de caniche que había tirado la olla, lo miró: “¿Algo más barato?” El vendedor estaba a punto de invitar al cliente a retirarse, pero hubo algo en esos ojitos perdidos en el infinito de la pobreza, de la desesperación de volver al hogar con las manos vacías que lo conmovieron. “Amigo, yo no seguí esta profesión para que un nicoleño de bien se quede varado en sus vacaciones, es casi como un juramento divino. Quiero que me anote cuanto puede gastar”, expresó acercándole una hoja y una birome.
El chango, ilusionado, dibujó los números y rápidamente se los acercó. El tipo mandó un largo resoplido: “¡A la flauta, está en pelota, amigo!”. Y rápidamente agregó: “Esperame acá. Dejame hablar con alguien y puede que tenga algo lindo para vos y tu familia”. La esperanza volvía a renacer en el corazón de nuestro antihéroe.

No todo está perdido
Al rato de hablar con alguien por teléfono el agenciero volvió, se sentó y acomodó sus anteojos en la punta de la nariz: “A ver, esto que te voy a ofrecer es algo nuevo, es más de un nivel internacional, de experimentación, lo que se viene en turismo. Es realmente salir de tu lugar de confort y trasladarte a la naturaleza viva, cruda, a estar codo a codo con los parroquianos viviendo una aventura inolvidable en parajes de ensueño”.
La atención de nuestro amigo estaba al rojo vivo. “Esto es en la isla, muy adentro, ni sé cómo se llama el lugar o si tiene nombre. Un paraje escondido de las miradas curiosas, en plena naturaleza. Los chicos tienen el río, los pajaritos, la selva para explorar y divertirse. Hay una playita muy linda, un par de carpas para que se acomode la familia... Y acá viene lo mejor: van a estar con otros grupos de turistas e isleños interactuando. No es una pavada, es como esos ranchos interactivos, acá el visitante vive la verdadera vida de los hombres de las islas. Van a tener un guía turístico o patrón quien día a día les va a dar tareas para que la pasen bárbaro. Por ejemplo, seguramente van a realizar un fantástico tour por esta isla, que no sé cómo se llama, a la par de especies autóctonas, y ayudarán a los isleños en una plantación a sacar los bagullos, digo las hojitas que se van recolectando para la cosecha. Toda una aventura única. Seguramente, mientras el papá está en la plantación, la mamá puede ayudar en los laboratorios donde un equipo de profesionales colombianos la van a asesorar para trabajar con las plantitas y los productos químicos que permiten que salga un refinado producto listo para la venta. Serían algo así como las Aspirinetas”.
El hombre lo miraba incrédulo: “¿Y los chicos?”. “Ahí viene lo mejor: los pibes van a vivir un aventura única acompañando a un grupo de expertos cazadores a buscar las más deseadas presas. Deberán meterse por lugares increíbles y ayudar a cazar animales autóctonos de las islas como vacas y ovejas, faenarlas allí nomás y salir a máxima velocidad con el producto hacia una zona segura. Es una experiencia única y divertida”, agregó el agenciero. El hombre se tomó el mentón, lo pensó un rato, otro rato, y dijo: “¿Vos estás ofreciendo que yo pague para ir a trabajar en plantaciones de marihuana, laboratorios de cocaína y que mis hijos se dediquen a cuatrerear en la isla?”. El tipo lo miró fijo y le respondió: “Algo así”.

Epílogo
Y así fue como los Rodríguez encararon las vacaciones de sus vidas en un lugar soñado y exclusivo de la islas, en medio de un paisaje inolvidable y viviendo a la par de los isleños. Dicen que algunos “souvenirs” se trajeron también.