Ante el fracaso económico, nada mejor que criminalizar la niñez


Cuando la crisis golpea al bolsillo del votante, que irascible comienza a despertar de su largo letargo de bombardeo mediático y programas lobotizantes, es que surgen las brillantes ideas para distraer al bobo promedio argentino. Despertar al enano facho es lo que más vende, por lo que reinstalar la idea de criminalizar la niñez es un tópico que desata los más arduos debates y nos desvía de la verdad.


Germán Rodríguez
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Cuando la doña se bajó la segunda botella de vino, con la que arranca cada mañana en su Ministerio, es que se le ocurrió la brillante idea que salvaría la paupérrima gestión del mandamás, quien lo único que lamenta en esta vida es que siempre tiene que cortar sus vacaciones por la famosa “opinión pública”. Fue mientras estaba saboreando ese Malbec, degustando en su paladar el jugo de uvas añejadas y de las que adivina el tiempo almacenado en las barricas por ese apenas perceptible sentir de roble Bourbon, que pensó que la mejor forma de no hablar de un tema es imponiendo otro. Ya el furor de la legalización del aborto había quedado en el pasado y servido lo suficiente, después de la pronta eliminación del Mundial, para distraer a las masas por unos cuantos meses. Por suerte, la larga final del River-Boca hizo otro tanto, pero ya la ciudadanía se va dando cuenta de que no le alcanza para llegar a fin de mes y que está endeuda por muchas generaciones. El manual del estúpido argentino dice claramente que “ante una emergencia se debe apelar al versículo del enano facho”, ese que gusta de sangre cuando el pan y el circo no son suficientes y deben darse soluciones mentirosas, pero que le hacen sentir al ciudadano que existe la Justicia para todos y que esta es implacable (obviamente con los débiles).
Casi gritó albricias cuando tomó el teléfono y lanzó el proyecto de bajar la edad de imputabilidad a los 14 años. A nadie le gustan los pibitos chorros, y, conociendo el carácter maleable de este país corderito, seguro que la aprobación sería general entre sus votantes.
Con la nariz de un tintillo morado, con sopor rancio de largas noches y madrugadas, admiradora de la leyenda del “far west” donde los hombres no debían andar llorando a la policía para resolver sus problemas, sino que todos armados hacían justicia por mano propia, fagocitó un enjambre de vanidades soporíferas, de mal tragadas ideas fascistas que endulzan oídos y que tanto éxito tuvieron en el vecino Brasil. Los menores que delinquen son delincuentes y deben ser tratados como tal. Por supuesto que las víctimas de los pibes chorros festejan la medida, que quienes sufrieron el ataque de un pibe armado cantan loas a la ministra. La disposición suena a demagogia barata y se hunde en un océano de contradicciones que nadie quiere ver, pero que todos aplauden. Con el eslogan de Cambiemos quieren cambiar la edad de imputabilidad, pero no quieren cambiar la vida de los chicos. Dirán que otros países ya tienen edades más bajas, que la Justicia debe ser implacable y que seguramente esto disminuirá los índices delictivos. Dicen. Pero como decir dicen mucho y no aclaran nada.

El problema
Los mismos que cierran escuelas, que desatienden a los más necesitados, que dispararon la desocupación a cifras alarmantes, los que no pueden parar la inflación, los que destrozan a la ciudadanía con tarifazos que solo benefician a sus propios intereses y a los de sus amigos, apuntan a las víctimas de sus planes y los hacen victimarios. Un menor que delinque es un menor que necesita ayuda antes de que sea demasiado tarde, es un menor con problemas que debe ser atendidos de forma inmediata, es un menor que tocó el infierno antes de saber que existe un cielo. El Estado, siendo tan severo con sus penas, debe ser severo en atender sus obligaciones. Un menor no puede ser dejado al azar de la vida y luego esperar de ese azar un ciudadano recto, acatador de leyes que lo oprimen y complaciente de su hambre. ¿Qué dice el proyecto de la beoda ministra, avalado por el salame del presidente, de ese pibito que vive en la pobreza, como un enorme porcentaje de la niñez abandonada de este país, que no tiene las necesidades básicas cubiertas, que sabe de hambre, de violencia familiar, de abandono, de falta de recursos, de escasa educación? ¿Qué hay que hacer con esos chicos que deambulan como zombis en la calle mirando a los otros pibes pasear, a esos a los que el azar del universo colocó en familias constituidas y que rezongan porque quieren helado o porque necesitan el juguete más caro? ¿Qué pasa en la cabeza de ese pibito que apenas empieza a caminar ya anda por las mesas de los restaurantes de la peatonal repartiendo estampitas y mendigando unas monedas? ¿Quién paga las penas del maltrato de ese chico? ¿Pretendemos acaso que después de nuestra desidia e ignorancia, de nuestro desdén, se forje un hombre acorde para el sistema que lo excluye, que gusta decirles a sus mancebos hombres de bien? En el mayor porcentaje de los casos, ese chico, tirado a las calle de nuestras perversiones, termina odiando al sistema que lo abandonó, deseando los que otros tienen y que la vida, que no es justa para nada, optó por no darle.

La más fácil
El Estado podría intervenir, claro, podría realizar censos, recorrer las villas con asistentes sociales, rescatar a nuestros chicos de la basura, formarlos, darles oportunidades, herramientas, opciones, sacarlos de los entornos dañinos. El Estado podría hacer todas esas cosas, pero sale caro, sale plata, es un costo que difícilmente se vea en las urnas. Entonces es más fácil prometer cárcel, mano dura, castigo, porque el manual del estúpido argentino, del facho del sur, lo va a aprobar. Es más fácil a ese pibito, en vez de darle educación, condenarlo a la cárcel y a todas su vejaciones, total, los argentinos de bien lo van a aplaudir. La borracha y el inútil cantan loas a sus ideas maquiavélicas en un concierto del que pocos participan.