La nueva callecita Mitre tiene ese no sé qué...


Calle Mitre quebró años de reflejos pueblerinos y se transformó en una arteria más digna de una ciudad que se sigue expandiendo. Las calles empedradas, las veredas anchas y un halito fresco convocan a vecinos de distintas realidades que chocan en el corazón de San Nicolás. Mitre, símbolo del acuerdo, termina estrellando miserias, deseos, angustias y risas de una sociedad cada vez mas fraccionada.


Germán Rodríguez
diarioelnorte@diarioelnorte.com.ar

El viejo salió temprano, se calzó sus mejores pilchas, esas que en una época alguien le dijo qué bien le quedaban y decidió que si le quedaban bien esa vez, le quedarían bien por siempre. Caminó el empedrado nuevo, esquivó los puntudos parantes negros, se regodeó con los farolitos que le añoraron viejos tangos que ya pocos aprecian, y caminó la vereda que al fin era ancha. El viejo estaba chocho, chocho de la vida, iba de una punta a la otra, recorría desde Francia hasta Almafuerte y se pegaba la vuelta por la vereda de enfrente. Sabía que todavía faltaba una cuadra que, supuestamente, se hará cuando pase “la hora de San Nicolás” y que en Nación estaba la obra también, que ahora quedó despareja. Se dio cuenta, además, de que habían vuelto a romper en varias partes que ya habían roto, que en Urquiza se deben haber mandado alguna macana grande porque ya hace un año que la vienen rompiendo, armando y volviendo a romper como Penélope a su tejido. Sabe que debe de haber habido pifiadas, pero también sabe que se equivoca el que hace. El tipo se hacía el turista en su propia ciudad, observaba los negocios con poca gente comprando, la crisis se nota, y saludó a todo el mundo. Iba y venía contento.
El viejo caminaba y caminaba porque no tiene un mango. Su jubilación no da para nada. Observaba que ahora es más fácil ir a los bancos, pero también se preguntaba para qué. ¿Para que lo tengan dos horas aguantando la cola en el Provincia como un salame dando lastima, esperando como si su tiempo no valiera nada y que le digan que no hay plata?, ¿para ilusionarse con ese bono que le habían prometido y ahora no se lo van a dar? ¿Para ver cómo le sigue bajando el sueldo con esa inflación obscena?

Zombies
Qué ancha queda la vereda, se ve clarita la cara de los que salen de los cajeros a las puteadas porque no les depositaron, o porque las tarjetas les comieron el paupérrimo ingreso y ven que no les alcanza. La callecita está bonita, pero como le dice su nieto, la deambulan los “walking deads”. Hay una parejita que rezonga porque le cortaron la luz por falta de pago y se van a tener que ir a EDEN para que se lo den de alta. “Para cortarte la luz son rápidos, para darla de alta hay que esperar. Total, ¿a quién le importa? La vida y el tiempo de uno no valen nada para el otro; somos numeritos y numeritos que no suman y no interesan”, se dice el viejo mientras caminaba sin parar chistándole a su mala sombra.
Qué larga se hacía la caminata ahora. El viejo caminaba y esquivaba lo que no quería ver. Ahí, tirado contra una pared del Hipotecario, desparramado, mirando la nada con ojos perdidos, sucios, que se fueron hace mucho tiempo, que no se encontraron desde hace años, está el flaco desgarbado con cara de nada, con un tarrito al lado con el que espera limosna y dar lástima. Pero a la mayoría de los que pasan a su lado les genera bronca. El que sale del banco lo mira con desprecio. “Andá a laburar”, le repiten. Muy pocos, algunos que entienden que en la vida no es tan fácil ir a laburar, no es tan fácil tener la capacidad, no es tan fácil decidir, le dan unos pesos. Muchos creen que todos podemos decidir y no aprecian el poder de optar, de elegir, de tomar una decisión, el decir quiero hacer esto o quiero hacer lo otro, hoy voy a emprender esto o aquello, voy a comprar eso o lo que se me ocurra. Creemos que es sencillo decidir, pero hay otros que nunca decidieron nada, que jamás se les presentó esa opción, que desde pibitos los mandaron a sobrevivir sin ninguna herramienta.

Risas pillas
El viejo también miraba lo que no quería mirar, a la pibita de vestido floreado, sucio, desgarbado, que se nota que se lo regalaron en la calle de alguna colecta, con unos zapatitos que perdieron el color. La pibita tiene un listón azul que le ata el pelo como puede, y que corre alejada de la realidad que le creamos, ella ríe y juega, se cuelga de la baranda del banco, salta, se inventa un trayecto que se le antoja una gran aventura, sube por la rampa y baja por las escaleras corriendo a toda velocidad, transpirando, riendo con los pelos volando, esquivando personas, chocando a otra que la ignora y la empuja. Pero se ríe. ¿De qué ríe si no tiene escuela, jardín, no conoce de fiestas, de cumpleaños, de comuniones ni confirmaciones, no tiene amigas de su edad que le devuelvan otras sonrisas? Seguro que alguno le comprará algo para comer, porque de los nicoleños pueden decir de todo, pero no que no somos solidarios y siempre alguien le comprará un alfajor, una golosina. La pibita lo disfruta y lo aprovecha de una manera que hace doler el corazón, el alma, que hace arder los ojos. La pibita agradece el regalo, un gesto, un te quiero que pocas veces le dirán. Tanta necesidad de cariño, de afecto de amor. El viejo pianta un lagrimón. La pibita tiene más vereda para correr y divertirse. Tiene más vereda para pedir también.