Las guerras del infinito


Fogoneadas por medios espurios, funcionarios carroñeros y odiadores seriales, en la sociedad se está viviendo un clima de enfrentamiento social que nos retrotrae prácticamente a la edad media. La pobreza estigmatizada, como si fuera una mala palabra, negándola y criminalizándola, es repudiada por otros pobres que no saben que lo son. Mauricio no te pongas loco, que si estornudás cierran más fábricas.


Germán Rodríguez
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Mauricio transpira mientras se sienta en su sillón de mil espadas. Meditabundo percibe el humo de la autopista que se pierde en la bóveda celeste. Siente su nombre insultado en rimas contagiosas que se vuelven hit. Mauricio entrecierra sus ojos y asimila el peso del universo sobre sus espaldas, las infinitas posibilidades que decantarían de cualquier reacción que tome, sabe desde su inconsciencia que cada palabra suya puede destrocar la columna vertebral de miles de familias, puede paralizar el aire y tornarlo en azufre. Su carga es bestial y su cabeza juega laberintos que se enredan y chocan mientras tartamudea, que mutan sobre la marcha haciendo imposible una salida. Locura de cientos de paredes que se abren y se cierran, de puertas que desgarran gritos viejos de batallas antiguas, en las que nunca estuvo pero que alguna vez soñó. Locura, pura locura. Pero si enloquece todo estará perdido, si pierde la noción es capaz de descalabros como devaluar el peso, quitar los subsidios a la luz y el gas y sumir en la miseria a millones de argentinos. Si enloquece es capaz de cualquier cosa.
Mauricio mira el guante del infinito montado en su diestra, con las seis gemas de la eternidad colocadas estratégicamente. Mauricio sabe que si chasquea sus dedos será el fin de todo. Locura se dice, le dicen, locura y la canción que se le pega. Locura que hace que chasquee finalmente los dedos y se firme el acuerdo con el FMI. Thanos sonríe junto a Durán Barba. Tambores de guerra El tipo desde el micrófono escupe venenos de distintas ponzoñas que ensucian a todos. Le enervan los que piden, le molestan los pobres que en su caravana colorida corta calles y piden planes. Lo joden hasta el infinito las ollas populares. Un pobre debe ser eso que deambula por las noches removiendo cestos (pero dejando todo en perfecto orden) y que sumiso acepte las directivas de un país nacido en crisis. El pobre debe ser ese pibito pidiendo afuera de los restaurantes y recibiendo las sobras de las sobras. Es inaceptable para aquel que puede, que él que no pueda, proteste.
Fogoneados por otros, seguramente, el pobre marcha y se desnuda ante una sociedad que lo mira de reojo. Apenas entiende de las complejas fluctuaciones del dólar y las Lebacs que hacen que cuando pida una changa le digan que no hay, cuando lleve a su hijo al comedor le expliquen que no están recibiendo ayuda. Entonces el pobre protesta y corta calles rodeado de otros como él y de algunos a otros que aprovechan la volada y ventajean para conseguir acomodarse. Lamentablemente las manzanas podridas arruinan la cosecha y los rastreros, ávidos de estigmatizar, tomarán un ejemplo negativo y lo convertirán en la falacia que represente a todos.
Un comunicador nefasto insultará a las mujeres que luchan, porque considera que una mujer debe estar atendiendo el hogar y su marido, y denigrará la lucha de los pobres acusándolos de vagos, borrachos y sucios. Buscará el apoyo de otros, un poco menos pobres, y los enfrentará en las calles.

Circus
Una olla popular es símbolo de miseria, es la postal que el mundo mira y hace que se pregunte si es que vale la pena invertir en un país donde las reglas, que ya de por si son poco claras, cambian a cada rato. Una olla popular molesta y molesta tanto que hay nuevos falcons verdes que secuestran maestras y les rayan “ollas no” en el estomago. Guerra total que va creciendo, que hoy enfrenta pobres con menos pobres en la arena y que los ricos disfrutan desde el palco, con el pulgar listo a ejecutar o perdonar en el nuevo circo romano. No te vuelvas loco Mauri.