Diario El Norte

Culturales

EN CLAVE DE TROVA: “Quinto elemento” en La Mondiola.

02 Octubre 2017 (17:55)

Quinto Elemento desembarcó en la noche del domingo en “La Mondiola”, bar orientado al movimiento cultural y artístico en nuestra ciudad, que, todos los jueves y domingos, abre generosamente sus puertas a grupos que dan sus primeros pasos en el ambiente musical con interesantes propuestas y entrañable dedicación.

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EN CLAVE DE TROVA:  “Quinto elemento” en La Mondiola.
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De la Redacción de EL NORTE

diarioelnorte@diarioelnorte.com.ar

 

La ambientación que presenta el establecimiento colabora para que la música flote en el aire como una agradable y sugerente compañía. Esta casona antigua evoca con desparpajo y calidez al establecimiento nocturno del barrio montevideano de La Mondiola –de allí su nombre–, en el que los artistas y bohemios de aquella época (entre 1920 y 1930) solían estrenar pequeñas obras teatrales con un tono caricaturesco y que el tango “Garufa” inmortalizó en su letra para siempre. Claramente es más que un bar y el cartel en su fachada iluminado por dos faroles que lo presenta como “Bar y arte” hace justicia.

En este espacio nicoleño se presentó esta joven dupla de músicos rosarinos y aprontaron sus instrumentos en el vértice del bar delante del ventanal con vista a las calles Lavalle y San Martin. Como removiendo la historia y los fantasmas del bar, comenzaron su repertorio con “Me haces bien”, una canción del otro lado del Río de la Plata, del montevideano Jorge Drexler, cantando a dúo y a dos guitarras. El contraste de las voces de ambos, Hernán y Paula, con sus diferentes registros de tono grave y agudo, dio a la canción una combinación exquisita y una melodía sumamente agradable. Prosiguieron con “Un vestido y un amor”, referencia obligada al hijo pródigo de sus pagos y embajador en el mundo de la trova rosarina, Fito Páez. Interpretaron una arriesgada y bien lograda versión, con acordes de guitarra más pausados  ejecutados por Hernán y acompañado con un suave ronroneo del cajón a cargo de Paula. Con la misma tesitura (guitarra de Hernán y cajón de Paula) continuaron con “A primera vista”, de Pedro Aznar. Aquí, como en el anterior tema, cada uno cantó a su turno, primero Hernán y luego Paula, uniéndose en los coros del estribillo y consolidando, de esta manera, ese rico contrapunto en el color de las voces como un sello de garantía de Quinto Elemento.

A esta altura del espectáculo, con la delicada cadencia de las canciones desarrolladas y el público en semiestado de nirvana, se había creado en el bar una atmósfera amena y confidente, convirtiéndose el establecimiento gastronómico en un living familiar de sonrisas compartidas y anécdotas conocidas. Las suculentas picadas y los olores de la cocina inundaban el ambiente de una fragancia casera y hogareña, haciendo de

Quinto Elemento un invitado más a la mesa. Fue el momento oportuno para que el grupo presentara sus propios temas, abriendo su intimidad y dándose a conocer. Y así fue que empezó a sonar la balada “Historia fugaz”, con una letra desbordante de optimismo que levantó aplausos y complicidad del público.

Luego, Paula tomó la posta con “Guagua de Pan”, una cálida y entrañable

zambita de Ariel Petrocelli, que evoca una ofrenda ceremonial de los niños en el norte de nuestro país y que el grupo tuvo la generosidad de dedicar a Lorenzo, el sobrino recién nacido de este agradecido cronista presente en primera fila frente al improvisado escenario. Para cerrar con la primer tanda del repertorio y hacer una breve pausa se despacharon con un ingenioso ensamble compuesto por cuatro canciones que logró impresionar como un collage de Picasso: “Ámbar Violeta” de Fito Paez; “Barro tal vez” de Luis Alberto Spinetta; “While my guitar gently weeps” de Los Beatles y “Ángel de los perdedores” de El Soldado.

En la segunda parte del show, Quinto Elemento se lució con una serie de temas que conquistaron decididamente a los espectadores. Comenzaron con “Amapola”, un poema transformado en canción por un experto en estas traducciones del corazón al castellano que es Juan Luis Guerra. Si hasta ese momento alguien pensó en La Mondiola que este grupo había mostrado y agotado todo su potencial interpretativo y creativo, se equivocó bastante cuando empezaron a sonar los primeros acordes inconfundibles de la bossanova de “Garota de Ipanema” de Vinicius de Moraes. Paula se desdobló al mismo tiempo en cantante y en la muchacha de la canción, entonando la letra en un delicioso susurro que, en perfecto portugués, destilaba tanta dulzura y gracia que muchos en las mesas decidieron cambiar sus cervezas por caipiriñas. Con el público en estado de ebullición, el grupo continuó el repertorio sacando a relucir nuevamente sus temas propios, dando paso a tres de su cosecha: “Antes de empezar”, “Algo empieza a cambiar” y “Cuerdas flojas”. Claramente fue una gratísima sorpresa y los músicos aprovecharon para expresar la historia personal de estas producciones, lo que daba cuenta de la simbiosis generada entre ellos y la concurrencia que no quería perder detalle de este flamante dúo.

Para culminar la noche, transcurrida aproximadamente una hora de show, escogieron “Sea” de Drexler, rindiendo culto, en forma inconsciente, al pasado bohemio de teatro, tango y candombe uruguayo que La Mondiola preserva como un legado cultural. No obstante, el público profundamente encariñado con los músicos resistió la despedida pidiendo por más canciones y el grupo, complacido y agradecido ante el reconocimiento, cerró a toda orquesta con “Zona de promesas” de Gustavo Cerati y “La vida es una moneda” de Juan Carlos Baglietto y Lito Vitale.