Diario El Norte

Bitácoras Urbanas

Otro tiempo: El silencio de Antonio

27 Septiembre 2015 (00:00)

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Otro tiempo: El silencio de Antonio
Foto 1/1    El conventillo donde vivía quedaba frente al Tanque.

Una historia de amor en los tiempos del “Abrojal”, “La calle del pecado” y el puerto en propiedad de la “Sociedad fantasma”.

Irma tiene catorce años, su madre vive en “El Abrojal” pero ella está “ubicada” en la casa de Don Venancio Paz. Es muy común por estos tiempos. Las familias muy humildes, o en especial en las que no hay un hombre que aporte el sustento “ubican” a sus hijas mujeres que  crecen desde muy jóvenes como “criadas” en otros hogares que cuentan con los recursos para brindarles alimentación y vestimenta. En muchos casos estas jóvenes reciben del hogar en que se crían casi un trato idéntico al de sus hijos naturales. En otros casos es el que se le prodiga a un sirviente, casi esclavo. Depende de la familia.

Antonio trabaja en el puerto. Tiene trece años. Y ya despunta el vicio que le enseñan sus mayores en los bares del “Abrojal”, gastándose gran parte de su salario en tabaco, y bebidas espirituosas. Todavía no lo llevaron a la calle del pecado, allá en el bajo de “Cabotaje” en donde los jóvenes se inician y los viejos se reencuentran con sus sentidos. Antonio espera ansioso ese día que siempre se posterga por diferentes razones que esgrimen quienes saben el cómo y el cuándo. Y ríen a carcajadas ante su ansiedad. El sabe, él siente que cuando llegue ese día será realmente “un hombre”.

 Se conocieron al pasar, un sábado por la tarde  en el que él descartó ir al bar. Irma caminaba rápido hacia la casa de su madre. La siguió con sigilo pero no tanto porque ella percibió su mirada, sus anhelos y aminoró la marcha. Fue dejándolo llegar. Cuando él estaba a un paso se detuvo, no se animaba y entonces ella se paró. Se dio vuelta y le regaló una sonrisa. Fue tan solo eso, una enorme sonrisa que le hizo explotar el corazón y sentir que lo tenía. No dijo nada ni siquiera pudo devolverle la mirada. Se quedó en silencio.

Ella entonces levantó los hombros, y siguió caminando. El no durmió en toda la noche, todo el día estuvo ansioso, contando los minutos en el trabajo, pensando en volver a verla. Ensayando las palabras que le diría cuando la viera.

Días tras día recorrió el camino durante una semana. El corazón ahogaba su mente. Al fin, el sábado, cuando ya había perdido la esperanza la vio. “Ahora sí -se animó- ahora le digo”. Ella lo vio y rió sin abrir la boca. Antonio no pudo decir nada. Se quedó en silencio.

 Pero esta vez se puso a su lado y la acompañó hasta su casa en calle 25 de Mayo entre Terrassón y Necochea.

Durante cuatro sábados se repitió la rutina. El la esperaba, ella se dejaba acompañar. Al fin  aparecieron las primeras palabras. Los roces de manos y alguna propuesta balbuceante.

Antonio se animó y le pidió una cita. Irma aceptó. El domingo después de misa podrían caminar por la calle ancha hacia las quintas. Antonio no era de las misas pero ese día se puso lo mejor que tenía,  y fue a la Parroquia de María Auxiliadora. Antes de que amaneciera dejó la pieza que compartía con su madre en el conventillo que estaba frente al Tanque. Y caminó por la calle ancha hasta la Parroquia. Esperó sentado en un tronco hasta que se hizo la hora. Al fin la vio. Venía sola. Asistieron a la misa. Y a la salida ella le dijo que tenían media hora. Caminaron por la calle ancha y se metieron entre las vides. Allí en los surcos él se animó y le dio el primer beso. Ella se lo devolvió. Sus cuerpos se apretaron y por primera vez se sintieron. Así continuaron: los sábados caminando, y los domingos corriendo a las vides después de la misa para besarse con pasión  durante media hora.

El domingo 13 de mayo de vuelta de la misa y de las quintas, de los besos y de las caricias, a punto de llegar a su casa Irma lo miró y le dijo: “Casate conmigo”. El se quedó en silencio…

Para cuando se dio cuenta ella ofuscada por sus dudas se había metido en la casa. El se sintió preocupado. Pensando en esa abrupta propuesta: “Casate conmigo”. Esa noche no pudo dormir. Siguió pensando. Todo el día, y a la otra noche. Finalmente se decidió. “El sábado le voy a decir que sí, que nos casemos” se alentó. Y entonces volvió a ser él. Comenzó a ensayar las palabras que le diría.  Volvió a ser feliz  pensando en una vida junto a Irma.

La tarde del jueves 17 de mayo de 1934 era tranquila y cálida. La vieja ciudad portuaria y judicial se desperezaba de la siesta lentamente.  Antonio descansaba al sol a la espera de la segunda parte de la estiba en el puerto. Algo rompe la monotonía pero muy pocos lo ven.

Por las calles vacías de la siesta corre angustiada Irma. Tiene las mejillas coloradas, esta agitada. Quiere llegar  a su casa. Durante la semana ella está en la residencia de los Paz pero hoy se aleja de esa casa rumbo a la de su madre.

Teodora Coronel viuda de Bordaberri está haciendo la quinta, le da de comer a las gallinas, mientras se toma unos mates. A ella le gusta hacer estas tareas al aire libre, habla con sus animales, toca sus plantas, y por otro lado es la fuente de su sustento. Desde que enviudó la cosa se puso difícil. El Gobierno casi no le paga a los jubilados, mucho menos a las viudas.

Lo que sucedió después podemos reconstruirlo a partir de las crónica policiales. Según las versiones que obtuvo la policía, Irma  había concurrido a su casa porque estaba “enferma”. Parece ser que quería recuperarse de esa “enfermedad” pasando una temporada en una isla en donde vivían unos parientes. Sin embargo la viuda de Bordaberri se opuso a este pedido y discutieron.

Doña Teodora dio por terminada la discusión y volvió al fondo para seguir con sus ocupaciones. Unos instantes después se escuchó el estampido de un disparo de arma de fuego proveniente de la habitación. Teodora y el resto de los ocupantes de la casa corrieron hacia la habitación. Irma estaba en el suelo en medio de un charco de sangre esgrimiendo en su mano derecha el arma con la cual se había descerrajado un balazo en el costado derecho del cráneo.

La viuda salió a la vereda gritando y llorando, desesperadamente. La pacífica barriada de “El Abrojal” se llenó de estupor. Algunos vecinos dieron aviso a la policía.

Unos minutos después se hizo presente el Comisario Barrera, el sargento  Francisco Quiroga y el médico policial Dr. Maximiano Vázquez quien procedió al reconocimiento, constatando que la menor había muerto por el efecto del disparo recibido. La policía incautó un revólver marca Eibar, calibre 38 corto el cual tenía cuatro cápsulas cargadas y una vacía. Se iniciaron las actuaciones de práctica entregando el cadáver de la menor a sus deudos dando cuenta del hecho al juez del crimen en turno Dr.  Norberto Juárez García. No se hizo otra pericia. Ni autopsia. La niña se suicidó de un balazo. Quería irse “una temporada” a la isla para recuperarse de “la enfermedad”. Don Venancio Paz colaboró con los gastos del sepelio. Nadie supo de la existencia de Antonio.

Por la mañana del viernes 18 de mayo Antonio camina junto a uno de sus compañeros con dirección al puerto. Espera mientras  uno de ellos compra “El Progreso” y le da los diez centavos que el debe para que pague el periódico. “Mirá se suicidó una piba” le dice mientras lee la tapa. “Tenía 14 años, estaba de criada en un casa”. Antonio comenzó a temblar. ¿Cómo se llamaba? “Irma Bordaberri”.

Durante muchos meses Antonio solo fue a trabajar y volvió a su pieza. Un día, se dejó llevar por sus compañeros a la calle del pecado. Y entonces “se hizo hombre”.

Se abrochó los pantalones, se calzó los tiradores. Se puso las alpargatas y saliendo de la casilla se quedó mirando hacia el puerto de cabotaje. Sus ojos se llenaron de lágrimas. ¿Por qué me quedé en silencio?  ¿Por qué no le dije que si,  enseguida?.-