Diario El Norte

Editorial

Un clásico a puertas cerradas, que refleja a una sociedad en crisis

25 Junio 2017 (00:30)

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En la tarde de ayer, se jugó el clásico del fútbol nicoleño entre Regatas y Belgrano. Obviamente, no nos vamos a referir aquí al resultado del partido, ni a lo deportivo. Pero sí queremos detenernos sobre algo que nos debería dar vergüenza y hacernos pensar.

 

Nos referimos a la decisión de que el partido se juegue a puertas cerradas, sin público. Fue una resolución del organismo provincial APREVIDE, encargado de este tipo de temas vinculados a la seguridad en encuentros deportivos. La idea original era disputar el partido durante la semana venidera, ante la imposibilidad de contar sábado o domingo con efectivos de Infantería, pero la resolución antes citada echó por la borda esas intenciones.

 

Es verdaderamente triste que un clásico entre dos históricos clubes de la ciudad, no pueda jugarse con sus simpatizantes.

 

Seguramente la decisión de APREVIDE obedece a los antecedentes de violencia que hubo en partidos anteriores, y ante el temor de que vuelvan a ocurrir incidentes.

 

¿Alquien puede explicar qué nos está pasando a los nicoleños en partícular y a los argentinos en general? ¿Cómo es posible que no puedan convivir pacíficamente hinchadas de dos clubes diferentes? Regatas y Belgrano son clubes marcados históricamente por la rivalidad, pero al fin de cuentas cumplen una misma función social dentro de nuestra comunidad. Nos consta que los dirigentes en esta oportunidad están a la altura de las circunstancias, no fomentan ningún tipo de episodio violento; pero pareciera que en algunos intolerantes el hincha supera al ser humano civilizado, entonces todo se desmadra.

 

No es problema solo de San Nicolás. En todo el país ocurre lo mismo. De hecho, todavía no se ha podido lograr que el público visitante vuelva a los estadios (algo que era absolutamente normal en tiempos pasados). A nivel país el problema es incluso más grave que en el orden local, porque tenemos a muchísimos dirigentes que son cómplices de los barrabravas, que actúan como si fueran hinchas.

 

Sin ir más lejos, el Vicepresidente de Rosario Central expresó públicamente que su par de River debería ser quemado en una plaza pública, enojado porque supuestamente esta última entidad había hecho uso de cláusula de rescisión de un jugador, pero eso mismo le pasó a River con su nueva estrella Driussi. ¿Qué clase de dirigentes tenemos? ¿En qué país vivimos?

 

El fútbol está enfermo, porque la sociedad está enferma. La intolerancia se ha enquistado en cada hogar, en cada rincón de nuestra geografía. Hay discusiones por fútbol, por política, por lo que sea. Nadie admite ni tolera que el otro piense distinto, esto genera una espiral de violencia cada vez más preocupante.

 

La pregunta es si esto se arregla de abajo hacia arriba o de arriba hacia abajo. Es cierto que la sociedad está enferma, por lo tanto nada va a cambiar si no se modifica el comportamiento de la inmensa mayoría. Pero no es menos cierto que el mensaje debe empezar por la cabeza. Quienes nos gobiernan, los líderes de la oposición, todos los que tienen algún cargo con responsabilidad institucional, deben apuntar a bajar los decibles y enviar un mensaje contemporizador.

 

Todos hablan de la grieta, de la necesidad de cerrarla; pero en la práctica siguen teniendo comportamientos que la agrandan, porque les resulta beneficioso para sus intereses personales o políticos. Así no hay forma de que nos reencontremos con una convivencia civilizada.

 

Ayer se jugó un gran clásico del fútbol nicoleño, las parcialidades de ambos clubes no pudieron disfrutar el evento deportivo. Es realmente triste, nos define como sociedad. Estamos muy mal, ya es momento de que comencemos a ver de cuánto mal nos produce este comportamiento. Si no lo hacemos pronto, podríamos llegar a un punto sin retorno.